Teatro | Reseña de País Amargo


 por Nadia Yannuzzi

Hay una cierta universalidad en las experiencias de violencia política: son las mujeres las que toman el protagonismo en la búsqueda de justicia. Pueden ser las Abuelas de Plaza de Mayo, que buscan a sus nietos nacidos en cautiverio durante la última dictadura militar argentina, o las mujeres que marchan todos los miércoles en Seúl para que Japón reconozca a las víctimas de violencia sexual durante la Segunda Guerra Mundial.

Un grupo de mujeres se reúne para despedir a Spasoula. Se conocieron en un campo de refugiados en Chipre, durante el conflicto entre Turquía y Grecia. Spasoula buscaba a su hijo desaparecido y parece ser la más fuerte de todas. Mientras acompañan su agonía, las amigas comparten sus historias y experiencias traumáticas.

El director, Alfredo Staffolani, comenzó a trabajar con la obra gracias al ciclo Diálogos teatrales (organizado por la Unión Europea, el Complejo Teatral de Buenos Aires y la Escuela Metropolitana de Arte Dramático) que propone a dramaturgos argentinos adaptar obras de autores europeos. Es así como en País amargo hay, por supuesto, un vínculo innegable con el pasado reciente argentino. La siniestra figura del desaparecido —tan difícil de procesar porque no hay lenguaje que la signifique del todo— atraviesa la obra. Pero en la puesta en escena también aparece un guiño a Federico García Lorca y a sus mujeres vestidas de negro, al borde de la locura. Y, claro, a la tragedia griega, donde no hay justicia posible y el destino no puede ser desafiado.



La puesta en escena resulta impactante. El telón está abierto cuando el público ingresa a la sala. Sobre un fondo rojo, árboles secos colocados boca abajo, un bosque muerto, ramas, flores y fotografías conforman una suerte de altar en el borde del escenario. A esto se suma la música en vivo y la producción audiovisual que Guillermo Barbuto realiza junto a las actrices, con imágenes que se proyectan durante la función. El elenco es notable: las intérpretes ofrecen una introducción a la obra que refuerza el vínculo entre Chipre y Argentina, aunque desde una perspectiva más íntima. El único elemento que desentona con el tono general son algunos pasajes musicales, en particular “Los pájaros de Hiroshima”, de Ginamaría Hidalgo.

En las últimas décadas se han popularizado las novelas televisivas de Turquía, una forma de poder blando que impulsó no solo el crecimiento de su industria audiovisual, sino también efectos inesperados como un boom turístico. Ese fenómeno suele invisibilizar que Turquía fue responsable del primer genocidio del siglo XX —el genocidio armenio, que, dicho sea de paso, el Estado turco aún no reconoce—. Aquí es donde el arte irrumpe para evidenciar aquello que la industria del entretenimiento muchas veces oculta.

Obras como País amargo nos recuerdan que los conflictos armados tienen una dimensión humana que se pierde cuando hablamos de cifras abstractas, como “dos mil desaparecidos”. Y que, pese a la distancia, chipriotas y argentinos pueden acompañarse en la elaboración de un trauma compartido: la desaparición forzada de personas.


Ficha técnico-artística

Autora: Constantia Soteriou

Dramaturgia: Juan Pablo Chiodi

Actúan: Florencia Bergallo, Julia Gárriz, Eugenia López, Laura Nevole, Lola Sierra

Músicos: Guillermo Barbuto

Diseño de vestuario: Guillermo Barbuto, Laura Staffolani

Diseño de escenografía: Rodrigo González Garillo

Diseño sonoro: Guillermo Barbuto

Música original: Guillermo Barbuto

Diseño De Iluminación: Ricardo Sica

Asistencia de iluminación: Diego Becker

Colaboración artística: Fabio Petrucci

Diseño de movimientos: Martín Piliponsky

Dirección: Alfredo Staffolani

Duración: 60 minutos



Comentarios

Entradas populares