Cine | Reseña de Sueños de Oslo

Drømmer (Noruega, 2024) Dirección y guion: Dag Johan Haugerud. Elenco: Ella Øverbye, Selome Emnetu, Ane Dahl Torp, Anne Marit Jacobsen y Ingrid Giæver. Música: Anna Berg. Fotografía: Cecilie Semec. Montaje: Jens Christian Fodstad. Duración: 110 minutos. Distribuidora: Mirada Distribution. 






por Nadia Yannuzzi


Lo bueno de los grandes tanques cinematográficos es que abren caminos. Con las películas de Joachim Trier, La peor persona del mundo y la bellísima Valor sentimental, el cine noruego empezó a entrar en el radar de los distribuidores y del público. En esa misma línea de cine intimista se inscribe Sueños en Oslo, de Dag Johan Haugerud, un film de una belleza imposible de transmitir, que ganó el Oso de Oro en Berlín en 2025.

Johanne se enamora de una de sus profesoras y atraviesa todas las etapas del enamoramiento furioso que casi todos hemos vivido en la adolescencia: una emoción violenta, nueva, que todavía estamos aprendiendo a manejar. La historia entre ellas es compleja y, para no olvidar lo vivido, Johanne decide escribirla y llevar el archivo en un pendrive, siempre en el bolsillo. 

Después de mucho pensarlo, comparte su texto con su abuela, una poeta que, al ver el potencial del relato, la alienta a publicarlo. Pero le pide que antes deje que su madre lea la —ahora sí— novela (si una escritora publicada dice que tu escrito es una novela, entonces lo es). Kristin queda shockeada por la vivencia de su hija, pero maneja la situación con una madurez sorprendente.



Esta es una película profundamente femenina: los hombres aparecen apenas como personajes secundarios, con una o dos líneas de diálogo. Sin embargo, no la catalogaría ni como feminista ni como queer. Lo que hace es retratar la intimidad de una manera maravillosa, sin romantizarla ni abordarla desde un lugar vulgar, sino como un encuentro profundo y humano, al que llegamos cargados de miedos y expectativas. La película nos invita a ver cómo dialogan estas tres generaciones y cómo el primer amor de la nieta lleva a la madre y a la abuela a replantearse sus propias experiencias y su mirada sobre el mundo. Incluso pone en juego emociones difíciles de digerir para el espectador, de esas que hacen que toda la sala suelte un “oohhh” al unísono. Hay una escena especialmente graciosa en la que Kristin le reprocha a su madre haberle arruinado Flashdance, y su madre, luego de una sólida argumentación feminista, le responde: “No está mal arruinar lo que es malo”.

Sueños en Oslo es la última entrega de una trilogía cuyos títulos originales son Sex, Love y Dream. Las tres se estrenaron el mismo año (Dag Johan Haugerud es, claramente, un hombre prolífico) y reflexionan sobre cómo se viven la fantasía y el deseo en esta segunda década del siglo XXI, atravesados por la tecnología, la epidemia de soledad y la perspectiva de género. Si todavía extrañás Sentimental Value, dejá que el crucero de Trier te lleve hasta Haugerud: su obra es maravillosa y vas a salir del cine con ganas de ir a tomar algo y seguir hablando de la película.





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