Reseña | Ha muerto un puto



Crónicas de un odiador sartreano
Por Gustavo Noriega

“Ha muerto un puto” rescata parte de la vida y obra del escritor Carlos Correas. Desde su título sintetiza la idea entre lo académico y lo cínico, que podría ser un buen trazo para definir al personaje. A este le pondrán voces dos actrices y un actor.  Y si bien, el propio Correas se propuso ser putísimo; fue más allá, y estuvo casado con una mujer y también mantuvo relaciones íntimas con travestis, hasta llegado el siglo XXI, cuando se suicidó. Además, consideraba que mantenerse segregado era condición para ser homosexual; del mismo modo que despreciaba los reconocimientos, premios, y distinciones de cualquier institución prestigiosa; probablemente por eso a pesar de ser un intelectual de calibre, vivió austeramente de un sueldo de profesor adjunto del CBC.
Afortunadamente la semblanza alterna canciones originales hermosamente cantadas, con dulces melodías al piano, para sobrellevar tanta sordidez que transitó de modo esquizoide: pasajes viles, febriles, amatorios, y desesperados. También salidas de su pluma, críticas corrosivas a íconos del cine nacional y la televisión de los años, que de tan zarpadas no permiten contener la risa. Pero rescatar su figura no sólo implica recordarlo, sino también hacer presente un sistema de ideas existencialistas (sartreanas) de un tiempo que está lejano y que exponen a la vez aquel mundo en gran parte oculto, donde decir, soy homosexual, era obsceno. 
El uso de proyecciones, por una parte, documenta algún bodrio en Technicolor de la época, remedando las salas de cine donde se podían concretar encuentros sexuales; y cuyos espacios fueron la fuente de inspiración para escribir el cuento que le valió seis meses de prisión domiciliaria; y por otra parte, el barrio -sin encanto- en el que murió, abandonando toneladas de libros y algunos manuscritos que fueron desechados por su escasa familia. 
El vestuario, muy acertado, alude a los años de juventud -los ´50- en los que recibió el golpe de la censura, que fue casi irreversible -cosa que resulta difícil de comprender- ya que no lo recibió como un triunfo de su rebeldía sobre lo socialmente establecido. 
Los objetos de utilería cumplen su función dramática entre la melancolía y la ingenuidad, la alusión al tren y a la Estación Plaza Constitución donde, abundaba la oferta sexual del tipo de la que interesaba a Correas.
Es aconsejable conocer la propia oscuridad, pero una vez descubierta es más aconsejable rumbear hacia donde haya luz; pero ésta no era una opción para el autor de la autobiografía que hizo de la honestidad intelectual – de decir todo y no callarse nada- y de la malicia, un credo.
Un singular trío -cuya gestualidad y modos de decir son de una riqueza muy sensible- es dirigido con precisión y logran momentos de tremendo humor (como la escena del suicida “a lo bonzo”) y atrapa en un relato que puede ser excesivo en verborragia y ritmo, y por eso no es para un público poco preparado. 
Como diría Lucrecia Martel “Hay que usar las palabras, torta, puto, y darle la vuelta y que sean palabras felices”. Pero no es este el caso.


La obra se presenta los sábados 15 y 22 a las 20.30hs. 
Y los domingos 16 y 23 a las 20.30hs en Arthaus Central (Bartolomé Mitre 434, CABA)
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