Teatro | Reseña de Un Joven Golondrina

 



por Bernarda Parra

Una obra donde diferentes lenguajes narrativos se encuentran para contar una misma historia. Desde el inicio conocemos a Belinda y a Mora, dos adolescentes que se encuentran cerca del río para tomar sol y hablar de los planes que tienen para ese verano: ahorrar un poco más e irse a conocer el sur del país. En su relato se deja entrever que viven en un pueblo chico rodeado de campo y que, todos los años, durante la temporada, los jóvenes golondrina emigran hacia allí para trabajar contratados por una compañía agroindustrial.

Durante su tarde en el río conocen a uno de ellos, quien aparece sorpresivamente buscando un lugar donde apreciar el paisaje, y entablan cierta amistad. Al quedarse a solas nuevamente, la tía de una de ellas irrumpe para exigirles que vuelvan a casa: un camión lleno de vacas volcó en la ruta y la gente las está faenando. Las amigas desatienden la orden y acuden al lugar, donde deciden intentar rescatar a un ternero. Belinda será la encargada de la misión, mientras Mora se ocupa de generar una distracción. Pero, aunque logran salvar al animal, esta última desaparece en medio de una tormenta de personas, cuchillos, bramidos, sangre y desesperación.

A partir de allí, se abre paso la pregunta: “¿A quién le importa la vida de un ternero?”.

Un joven golondrina es un canto a lo injusto, a la mujer, a la infancia, al eslabón más bajo en la producción, al animal,a la tierra, el territorio y, concretamente, a la violencia de género; tramas que se enlazan mediante una expresividad poética tan delicada como feroz. Desde la autoría y la dirección, María Laura Santos nos invita a reflexionar sobre temas arraigados y actuales de nuestra sociedad.

La obra se presenta en la Sala Orestes Caviglia del Teatro Cervantes. La puesta en escena recrea los diversos escenarios del pueblo con gran síntesis y precisión, gracias al diseño escenográfico de Mariana Tirante, sumado al aporte del videomapping, que da el impulso definitivo para adentrarnos en la trama.

La iluminación, la música, el vestuario y los diseños audiovisual y de máscaras -este último,por cierto, muy delicado- conforman un ensamble técnico destacable en la conformación de la obra. A esto se suma la incorporación de la danza a nivel narrativo, con coreografías compuesta por Leticia Mazur, que genera un gran hilo conector con la atmósfera de ensoñación que pulsa constantemente.

En cuanto a las actuaciones, nos encontramos con un gran elenco. Se destaca la frescura de sus tres jóvenes protagonistas (Carmela Rivero, Balthazar Murillo y Dolores Oliverio, ya reconocidos en la escena porteña tanto teatral como cinematográfica), quienes nos llevan de la mano de principio a fin con dinamismo, carácter y destreza. Asimismo, Eva Bianco se distingue con un trabajo brillante.

En síntesis, la propuesta consigue amalgamar la densidad de su temática con una belleza visual cautivadora. El resultado es un universo tan poético como desgarrador, capaz de conmover e interpelar profundamente al espectador.





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