Cine | Reseña de Tierra de Crimen
por Nadia Yannuzzi
Johan tiene un cañaveral que conoce como la palma de su mano. Lo siega solo, a mano y en silencio. Después vuelve en bote a su casa, donde vive solo y, por supuesto, cena en un estricto silencio. Por la noche aparece su hija y deja a Dana, su nieta, a su cuidado.
Al día siguiente, Johan encuentra en su cañaveral a una niña violada y asesinada.
Una podría pensar que estamos ante una película de tono policial, pero no. El crimen que descubre Johan es el puntapié inicial de una trama que apunta más al drama social de las comunidades rurales de los Países Bajos. Sin embargo, hay ciertos elementos que nos llevan a pensar que se trata de una situación mucho más global: el éxodo de los jóvenes hacia las ciudades, la competencia con los productos chinos, la falta de interés del Estado por acompañar a los productores y las presiones provocadas por las deudas. El crimen es apenas la punta del iceberg de todas esas tensiones.
Tierra de crimen, cuyo título original es Cañaveral, es una película sin música. Escuchamos motores a lo lejos, el viento entre las cañas, conversaciones breves y no mucho más. Incluso hay momentos en los que no se oye nada: el silencio es tan importante como los diálogos. Hay conversaciones que directamente no vamos a poder escuchar porque la cámara capta a los personajes detrás de puertas de vidrio o desde el interior de un auto.
Además, la película tiene una fotografía espectacular, en la que el campo se convierte en un lugar rudo y siniestro, muy lejos de ese paraíso al que sueñan con exiliarse los estresados de cuarenta años. Lo mismo sucede con el guion: la comunidad deja de ser ese lugar idílico de conocimiento mutuo y solidaridad para convertirse, cuando ese equilibrio se rompe, en un espacio asfixiante.
Leí varias sinopsis de esta película y creo que ninguna le hace justicia, porque todas parecen plantearla desde un tono policial. Y, si bien hay un caso por resolver que despierta las alarmas de toda la comunidad, el crimen no es el foco. Johan va a tener miedo por su nieta, porque la víctima que él mismo encontró tiene su misma edad. Pero va a estar todavía más enfurecido por la falta de respuesta del Estado, tanto frente al crimen como frente a la situación que atraviesan los productores del campo.
Este es el primer largometraje del cineasta neerlandés Sven Bresser y formó parte de la selección de la Semana de la Crítica del Festival de Cannes de 2025. El protagonista, Gerrit Knobbe, es un actor no profesional que realmente se dedica al cultivo de cañas, y eso le aporta a la película una cuota de realismo que la vuelve hipnótica.
Lo mismo sucede con la dupla que forman Johan y Dana: abuelo y nieta se entienden con una complicidad entrañable, construida a partir de silencios, gestos y pequeñas conversaciones. Incluso hay lugar para una actuación teatral que, lejos de romper el tono de la película, refuerza ese vínculo.
Porque, en medio de un mundo rural que se desmorona y de una comunidad atravesada por el miedo, ellos encuentran en el otro una forma de compañía. Y quizás sea esa relación, más que el crimen que pone en marcha la historia, la que termine quedándose con nosotros.


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