Cine | Reseña de El Temblor
País: Argentina. Año: 2025. Dirección y guion: Santiago Van Dam. Producción: Nadia Martínez. Montaje: Santiao Van Dam y Bruno López. Música: Daniel Soruco, Juan Hernández, Gregory C. Wilkinson, Marcelo Ezquiaga. Duración: 72 minutos.
por Pablo Kulcar
Santiago vivió durante 28 años bajo distintos tratamientos médicos para intentar controlar su epilepsia. Este derrotero implicó convertirse en una suerte de laboratorio humano de prueba y error para diferentes fármacos que lograban controlar por un tiempo el cuadro. Las drogas se alternaban y producían distintos efectos secundarios, pero tenían un tiempo de efectividad y, tarde o temprano, todo volvía al mismo punto de partida. Este viaje por la medicina está contado minuciosamente por el propio Santiago y tiene un respaldo técnico en las palabras de profesionales que explican, de manera didáctica, qué es exactamente lo que el director está viviendo.
Hay un recorrido histórico ambientado por imágenes en el que la condición de epiléptico pasa de ser considerada una posesión demoníaca a interpretarse como la señal de alguien elegido por los dioses para dar un mensaje. El pensamiento mágico atribuyó estos temblores y ausencias a todo tipo de causas. Las imágenes permiten dimensionar el largo y muchas veces trágico recorrido histórico de la epilepsia.
Santiago entrevista también a otros pacientes, quienes concuerdan en lo sorpresivo de los episodios, la poca conciencia que mantienen durante ellos y la inseguridad que le infunde saber que son impredecibles. Frente a cámara, los relatos adquieren intensidad y certeza. El resultado es una película llena de humanidad, capaz de transmitir empatía hacia quienes conviven con esta condición.
La película indaga sobre las experiencias e intenta contar una historia con el apoyo de argumentos científicos y vivencias familiares en primera persona. La epilepsia es una condición específica de la que no se escapa. Así lo expresan también las imágenes, recreando distintas situaciones, siempre con una dirección que incorpora ingredientes para que todo mantenga su idiosincrasia audiovisual.
Santiago junto su hija en bicicleta funciona como una marca de futuro. La posibilidad de experimentar con una régimen alimentario, con la meditación o con el cannabis, lejos de los fármacos, explora esta idea.
Todas las posibilidades se van sucediendo como en una clase que, sin dejar nunca de lado la dimensión humana, termina por conformar un collage que entretiene e informa. En 2010, la ciencia le ofreció una última posibilidad: una internación de tres días para provocar crisis de manera controlada, localizar el punto exacto de descarga cerebral e intentar una cirugía. No fue posible, y la historia continuó en una convivencia constante con la epilepsia y en una aceptación que termina funcionando como moraleja.


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