Cine | Reseña de La Muerte de Robin Hood
Título: The Death of Robin Hood. País: EEUU. Año: 2026. Dirección y guion: Michael Sarnoski. Elenco: Hugh Jackman, Jodie Comer, Bill Skarsgard, Noah Jupe, Faith Delaney y Murray Bartlett. Fotografía: Patrick Scola. Montaje: Andrew Mondshein.
por Nahuel Tesouro
Michael Sarnoski es un director que disfruta partir de una historia tradicional de un género comercial en particular para después desviarse de sus normas. Lo hizo en su mejor obra, Pig, con Nicolas Cage, cuyo marketing y primeros momentos daban la sensación de estar ante una especie de Taken o Búsqueda Implacable pero con Cage buscando a un cerdo en vez de a su familia, para después cambiar completamente a un drama íntimo, con muy pocos diálogos y escasas escenas de acción. En cierto modo, intentó hacer algo similar con A Quiet Place: Day One, tratando de darle una nueva estructura a una película post-apocalíptica. Y acá vuelve a intentarlo, aunque sin éxito.
La Muerte de Robin Hood tiene unos primeros veinte minutos muy propios de la épica medieval: incendios, gran vestuario, paisajes, muertes por doquier, flechazos a niños, peleas con hachas, cascos vikingos, Bill Skarsgard. Comienza con toda la acción y las batallas que uno esperaría en un film de este estilo. Pero, a partir del segundo acto, Sarnoski hace lo que lo caracteriza: toma una historia convencional de un género para llevarla a otro ámbito. En este caso, hacia un drama de redención con tintes muy religiosos.
Tras una batalla que lo deja al borde de la muerte, Robin Hood llega a un convento de monjas donde será curado y se enfrentará a los pecados de su pasado durante la hora y media restante. Se trata de un cambio de tono muy grande con respecto al primer acto. Sin embargo, Sarnoski no logra replicar lo que hizo con Pig. La razón es que, en el film protagonizado por Cage, lo que viene después del primer acto es innovador y tiene marcas autorales y originales. En cambio, en este film, Sarnoski no cambia la trama típica de las épicas medievales por algo novedoso, sino por una historia de redención mucho más cliché que cualquier cosa que hizo antes.
La película cae así en todos los lugares comunes, en el melodrama más puro (algo en lo que Hugh Jackman es experto, dicho sin desmerecerlo en absoluto: es un ámbito donde se desenvuelve muy bien) y en los giros más predecibles posibles.
El director logra subvertir las expectativas, como lo hizo en toda su carrera, en cuanto al tipo de película que uno tiene en mente: en apenas 10 minutos pasamos de una epopeya con un gore extremo a un drama mucho más cerrado. La calidad de esa porción dramática de la historia no hace que valga la pena el giro tonal.
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