Teatro | Reseña de Lucio y yo
por Agustina Noriega
Hay vínculos que existen antes de sentirse naturales. Primero se los nombra; después, se aprende a habitarlos. Lucio y yo, escrita y dirigida por José María Muscari a partir de su propia experiencia de adopción, parte justamente de esa premisa.
La historia comienza cuando Lucio, con 15 años y viviendo en un hogar de Corrientes, decide grabar un video y exponerse en redes sociales para encontrar una familia que quisiera adoptarlo. El video se viraliza y llega hasta Muscari, con entonces 47 años. A partir de allí comienza un proceso de vinculación que la obra reconstruye a través de un relato que va y viene en el tiempo.
Entre más de 130 postulantes, Lucio eligió a Muscari por una diferencia en su formulario de adopción: mientras otros manifestaban querer “tener un hijo”, él había escrito que quería "ser padre". En esa distancia entre tener y ser parece concentrarse buena parte de la propuesta. Si bien el reconocimiento fue casi inmediato —a doce horas de conocerlo, Muscari ya sentía que Lucio era su hijo—, convertir esa certeza en una relación cotidiana exigió convivencia, límites y momentos tensos.
La obra evita idealizar ese recorrido. Lucio llega a Buenos Aires y debe adaptarse a otra casa, otra ciudad y nuevas reglas. Aparecen entonces los conflictos y los miedos: Lucio teme que Muscari quiera “devolverlo”; Muscari, que su hijo finalmente no lo elija. El director encuentra una manera particular de nombrar esos enfrentamientos: “discutíamos por amor”.
El relato también dirige la mirada hacia el sistema que rodea los procesos adoptivos. Aparecen los tiempos de la Justicia, las instituciones de cuidado y las familias recreativas. En la vida de Lucio, ese lugar lo ocupa Silvia y su gato Gokú, un vínculo que conserva hasta hoy y que recuerda que formar una nueva familia no implica borrar los afectos anteriores.
Para pensar las fallas de ese entramado, Muscari recupera la teoría del queso gruyere: las debilidades del sistema que, al coincidir, pueden producir un daño. Las demoras, omisiones y errores de los adultos van dejando agujeros sobre quienes dependen de ellos. “Los adultos son gente fallada”, plantea. Frente a ese dominó de fallas, aparece una convicción: se promete no fallarle a Lucio.
Aprender a ser padre e hijo también supone atravesar cierta incomodidad. Lucio lo compara con tener un par de zapatillas nuevas: hay que usarlas hasta que se acomodan. La imagen condensa con simpleza el movimiento que atraviesa la obra: dos desconocidos empiezan diciéndose “viejo” e “hijo” hasta conseguir habitar esas palabras.
Esa intimidad encuentra su forma escénica en Esteban Pérez y Máximo Meyer, quienes desde el comienzo establecen el pacto con el público: no intentarán imitar a Muscari y Lucio, sino transmitir algo de ellos. Meyer compone a Lucio con precisión y desparpajo. Desde su vestimenta hasta sus maneras de hablar y moverse, construye una presencia adolescente espontánea y desenvuelta.
Pérez, por su parte, representa a una figura reconocible como Muscari sin recurrir a la caricatura. Lo encuentra en ciertos gestos, palabras y modos de expresarse, pero, sobre todo, en su manera de narrar y pensar la paternidad. La química entre ambos es innegable: son dinámicos, cómplices y consiguen transmitir la intimidad necesaria para exponer un vínculo que no les pertenece.
La puesta acompaña ese registro desde una estética sobria y cuidada. Un sillón minimalista, lámparas, una mesa de diseño y sillas Cesca construyen una suerte de living que parece trasladar al escenario algo de la casa de Muscari y Lucio. La iluminación tenue acompaña los diferentes climas, enfatizando algunos momentos y volviendo otros más íntimos. En el centro, una pantalla funciona como puente entre la representación y la historia real. Los actores interactúan con ella y los videos que aparecen dialogan con lo narrado, incorporando fragmentos documentales dentro de una historia interpretada por otros cuerpos. La puesta consigue así acercarnos a esa intimidad sin volverla estridente.
Muscari define su encuentro con Lucio como un acto de confianza, arrojo y aceptación mutua. Lucio y yo encuentra ahí su mayor potencia: pensar la familia no como algo dado, sino como algo que se construye con la convivencia, la entrega, el amor, el conflicto y la decisión de permanecer. Porque quizás convertirse en familia sea justamente eso: elegirse una vez y, seguir eligiéndose todos los días.
Ficha técnica
Autoría: José María Muscari
Contenidos Digitales: Eric Baez, Enchulame Contenidos
Actúan: Máximo Meyer, Esteban Pérez
Diseño de arte: Paola Luttini
Diseño De Iluminación: Fernando Chacoma
Asistencia de dirección: Santiago Longo
Prensa: Varas & Otero


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