Cine | Reseña de Tristán y los días por venir
por Nahuel Tesouro
La dupla Martina
Matzkin y Gabriela Uassouf silenciosamente se está convirtiendo en una de las
voces más interesantes del documental argentino contemporáneo.
Tras su brillante debut el año pasado con Cuidadoras (que considero no solo
el mejor documental del 2025 sino directamente una de las mejores películas de
todo ese año), vuelven a la carga en 2026 con Tristán y los días por venir. Aunque esta nueva producción se componga principalmente de escenas capturadas en
2021, es difícil no verla como una continuación directa de Cuidadoras. Matzkin
y Uassouf mantienen una temática y estética similar en ambas películas que ya
las convierte en autoras con identidad sólida.
En Tristán y los días por venir seguimos la vida de Tristán Alexander, quien está en pleno proceso de transición de género mientras está por graduarse de la secundaria. Acá ocurre lo mismo que con Cuidadoras, documental que sigue a tres empleadoras trans en un geriátrico donde acechan los prejuicios y las situaciones de vida o muerte. Ambas sinopsis hacen creer que se tratan de documentales tensos, donde sus protagonistas están constantemente a punto de colapsar. Sin embargo, lo que interesa a Matzkin y Uassouf es la cotidianeidad de las vivencias personales de sus personajes.
Regresando a Tristán, uno creería que con todos los cambios físicos, emocionales y adultos que debe sobrellevar, los 59 minutos de duración del film se compondrían de momentos reflexivos y de desgaste mental. No dudo que probablemente Tristán haya pasado por más de un momento así pero el documental excluye esas situaciones y se centra en pequeñas escenas que arman un panorama más grande.
Lo interesante de Tristán y los días por venir es cómo el mensaje principal sobre la identidad y lo que debe sobrellevar una persona trans no aparece en primer plano, sino que subyace bajo un montón de imágenes diarias: el cumpleaños 18 de Tristán, un día en el colegio, el teñirse de pelo, la producción de sus stickers. Incluso uno de los momentos más introspectivos del largometraje toma lugar durante una charla casual entre la madre de Tristán (una mujer cuyo amor y lealtad por su hijo traspasa la pantalla) y otras madres, en la cual hablan acerca de los desafíos de acompañar a sus seres queridos en esta transición.
Se trata de secuencias puntuales, que
aparecen de forma esporádica y espontánea, así como los discursos sobre los
derechos ganados de la comunidad trans que oímos provenir de fondo en una marcha en
la cual Tristán está vendiendo sus stickers.
Mientras que otros
grandiosos documentales sobre la identidad de género como Álbum Familiar de
Laura Casabé ponen en el foco central ese debate con numerosas discusiones
sobre sus ramificaciones, aquí el foco se pone en la historia particular de
Tristán y cómo él, como individuo único (otra conversación interesante toma
lugar cuando, junto a sus amigos, se pregunta irónicamente si, por no haber
sufrido tanto, igual puede considerarse trans), atraviesa esto. Mientras, por otro lado, se mencionan posturas del colectivo que terminan de armar, en
su conjunto, un mensaje potente que concientiza al espectador desprevenido
sobre esta lucha y, además, individualiza a los sujetos que son parte del
debate.

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