Teatro | Reseña de Un punto oscuro
Jugar para escapar
por Gustavo Noriega
El texto de Un punto oscuro -que crea una suerte de collage de clásicos y otros- es un trabajo de Agostina Luz López, responsable también de la dirección y la dramaturgia es de Ana Montes. La obra -en un solo acto- plantea la preparación de tres hermanas para lo que será un futuro sin el padre, que está llegando al final de sus días. Una de ellas (Carolina Saade) imbuida por el modo de expresarse de Sófocles, logra evadirse de lo cotidiano en medio de un paisaje luctuoso. Las lecturas actúan como medicina, en momentos en que se sienten agobiadas por los cuidados. La hermana mayor (María Villar) asume que, podrá despertar al papá dormido que hay en ella y ocupar ese rol, que se supone conlleva rasgos machistas. En esa posición su interpretación se manifiesta real, actual y natural, encontrando un refinado contrapunto con el resto del elenco. Mientras, que sus hermanas (la tercera en cuestión, es interpretada con mucha gracia por Felipe Saade) encuentran un atajo para la evasión, en el juego que es a la vez, teatro. Se preguntan cosas, elaboran teorías, leen libros en voz alta, tejen y cantan.
La presencia de una mujer mayor y fantasmal (Amalia Bocazzi) que teje una trama en escena, que parece no tener principio ni fin, porque justamente, ella y su labor que contiene todo, ocupa el lugar de la genealogía.
En la dramaturgia aparecen referencias a Nathalie Léger (En busca del cielo), Louisa May Alcott (Mujercitas), Shakespeare (Rey Lear, La Tempestad), Sófocles (Antígona) o J.D. Salinger (Franny y Zooey) y entre tan variada literatura, todo opera armónicamente.
El momento en que se recuerda el regreso de un baile -en auto- demuestra la dificultad de comunicación entre el padre y una de las hijas, y que se supone que es extensiva para con todas; resulta tierno y reconocible.
Hay canciones a capella, como "Todo es de color", de Lole y Manuel que invaden el espacio, pero también en un plan más lúdico, otra muy escatológica y anónima, que cualquiera puede recordar de su propia infancia, con alguna variación en su letra: “Queremos comer, comer, comer, hígado picado de un gato reventado…”.
La escenografía de Mariana Tiranatte, y el vestuario de Mariu Fermani, funcionan en total organicidad fundando el mundo, que esta hermandad habita de modo coral; y la iluminación de Alejandro Leroux, pone algo de suspenso entre una situación y otra.
La obra es una buena demostración de las calidades dramáticas de sus protagonistas, pero con algunos recursos inconsistentes, literales o metafóricos, que no dejan un sedimento tan potente como se podría esperar. Con momentos donde predomina la gestualidad, o los silencios cargados de sentido, aparecen gags inesperados, que mezclan ingenuidad y afecto.
Un punto oscuro puede ser la muerte o el amor en los lazos de sangre, y en esta pieza se indaga en el derecho a la diferencia, en esa urdimbre.
Un punto oscuro se presenta durante todo junio los domingos a las 20hs en Zelaya (Zelaya 3134, CABA)
Ficha técnica artística
Intérpretes: Amalia Boccazzi, Carolina Saade, Felipe Saade, María Villar.
Vestuario: Mariu fermani
Escenografía: Mariana Tirantte
Diseño de iluminación: Alejandro Le Roux
Asistencia de dirección: Valentina Santelli
Colaboración autoral: Ana Montes
Prensa: Marisol Cambre
Texto y dirección: Agostina Luz López


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