Cine | Reseña de Toy Story 5
por Mariana Parodi
Después de un final que parecía definitivo en Toy Story 4, la pregunta era inevitable: ¿hacía falta una quinta película? La respuesta no necesariamente es positiva, pero Pixar encuentra una forma inteligente de justificar su regreso al universo que cambió para siempre la historia de la animación.
Lejos de apoyarse únicamente en la nostalgia, Toy Story 5 plantea un conflicto contemporáneo. Los juguetes ya no compiten entre ellos por el cariño de un niño: ahora deben enfrentarse a algo mucho más poderoso. La tecnología. Tablets, videojuegos y la necesidad constante de conexión ocupan un lugar central en una historia que habla tanto de la infancia actual como de los miedos de los adultos.
La decisión de colocar a Jessie en el centro de la trama resulta uno de los grandes aciertos de la película. Su historia personal, marcada por el abandono y la necesidad de sentirse útil, encuentra aquí una nueva profundidad emocional.
Visualmente, Pixar vuelve a demostrar por qué sigue siendo una referencia absoluta dentro de la animación. Cada escenario, cada textura y cada movimiento transmiten una sensación de asombro que conecta con el espíritu de la saga original. Pero el verdadero logro está en otro lado: en la capacidad de hablar sobre tecnología sin caer en discursos simplistas. La película no demoniza las pantallas ni idealiza el pasado. Más bien propone una reflexión sobre el equilibrio, la imaginación y la importancia de los vínculos reales.
Quizás no alcance la perfección emocional de otras películas de la saga. Algunos conflictos resultan previsibles y ciertas ideas ya habían sido exploradas anteriormente dentro de la franquicia. Sin embargo, la película logra volver a emocionarnos con personajes que conocemos desde hace más de tres décadas.
Toy Story 5 no es solamente una historia sobre juguetes que temen ser reemplazados. Es una película sobre cómo cambió la infancia, sobre la dificultad de conectar en un mundo hiperconectado y sobre la necesidad de seguir encontrando espacios para imaginar. Y en tiempos donde casi todo compite por nuestra atención, ese mensaje tiene más valor que nunca.


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