Cine | Reseña de El día de la revelación
por Mariana Parodi
Hay películas que entretienen y películas que transforman. El día de la revelación pertenece a la segunda categoría sin lugar a dudas. Al terminar, la sala queda en ese silencio particular que no es incomodidad sino procesamiento: el que produce el buen cine cuando logra que algo dentro del espectador se mueva de lugar.
La historia sigue a dos desconocidos cuyas vidas colisionan por una verdad que otros quieren mantener oculta. Un experto en ciberseguridad roba información clasificada de su propia compañía: archivos que documentan avistamientos extraterrestres y sugieren algo mucho más perturbador, que esos seres no están en el espacio sino entre nosotros. Del otro lado, una meteoróloga comienza a experimentar sucesos inexplicables que no encuentra manera de racionalizar. Mientras ambos intentan entender qué les está pasando, una organización no gubernamental con recursos tecnológicos ilimitados los persigue con un único objetivo: que la verdad no llegue al mundo. Lo que arranca como un thriller de conspiración se convierte, progresivamente, en algo más profundo: una pregunta sobre el derecho colectivo a saber, y sobre el precio que algunos están dispuestos a pagar para que ese derecho no se ejerza.
Steven Spielberg tiene 79 años y sigue filmando como los dioses. Eso ya es extraordinario. Lo que impresiona de El día de la revelación es que es completamente coherente con todo lo que siempre fue: su fascinación por la vida extraterrestre viene desde los primeros días de su carrera y se siente en cada decisión de la película, pero no suena a archivo ni a nostalgia propia. Suena a un director que todavía tiene algo urgente que decir y que sabe exactamente cómo decirlo.
Emily Blunt está descomunal, ella habita su personaje. Cada gesto, cada silencio, cada momento en que la cámara se le queda cerca y no hace nada aparentemente extraordinario pero es imposible dejar de mirarla. Te enternece y te hace reir en partes iguales.
Entre las sorpresas del elenco, la mayor es Colin Firth. Su elegancia lo ubica históricamente del lado de lo noble, de lo razonable. Verlo del otro lado, como villano, genera una incomodidad muy específica que la película aprovecha con inteligencia: el espectador no está del todo preparado para odiarlo, y esa ambigüedad es exactamente lo que el rol necesita.
La historia atrapa desde el primer minuto y no te suelta. Ni en los momentos donde podría aflojar el ritmo la película pierde esa tensión de fondo que mantiene al espectador en vilo sin que sepa bien por qué. Eso no es casualidad: es oficio. Es Spielberg sabiendo en todo momento adónde va, y llevando al público con él sin que lo note.
John Williams tampoco defrauda. Su música no se impone sobre las imágenes sino que las acompaña como si siempre hubieran existido juntas, con esa naturalidad que solo se logra con décadas de trabajo en común y una complicidad que ya es parte de la historia del cine.
El día de la revelación es para quienes aman el cine, para quienes aman a Spielberg, y para quienes sienten que la pregunta por la vida extraterrestre no es un capricho sino algo que, cada vez más, no parece tan lejos de la realidad. Pero también es para cualquiera dispuesto a salir de la sala sintiéndose un poco más pequeño, un poco menos solo, y con la cabeza llena de preguntas que valen la pena hacerse.
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