Cine | Reseña de Barrio Triste

País: Colombia. Año: 2025. Dirección y guion: Stillz.  Elenco: Juan Pablo Baena, Samuel Velázquez, Tomás Tinoco Higuita. Fotografía: Stillz. Música: Arca. Duración: 88 minutos. 







por Victoria Hirsch


Barrio Triste, la ópera prima del director de videoclips STILLZ, es un coming of age estadounidense-colombiano que remite inmediatamente a películas como Pizza, birra, faso, La Haine o Trainspotting. Coproducida junto a Harmony Korine, la película adopta un estilo decadente y neorrealista que atraviesa toda la puesta en escena. La historia sigue a un grupo de jóvenes de un contexto social vulnerable retratando las luces y sombras de su cotidianeidad. En ese recorrido, el film desdibuja los límites entre el documental y la ficción, entre lo verosímil y lo surrealista, construyendo una experiencia que privilegia la inmersión antes que la narración tradicional.

Su mayor virtud está en la contundencia con la que sostiene un punto de vista profundamente nihilista. Desde los primeros minutos hasta el desenlace, la película no ofrece respiros ni concesiones, sumergiendo al espectador en una realidad donde la miseria parece no tener salida. A medida que avanza, las acciones concretas pierden importancia frente a la sensación de estancamiento permanente, como si el verdadero conflicto fuera la imposibilidad de imaginar un futuro diferente. La violencia forma parte inseparable de ese mundo y nunca es presentada como un hecho excepcional, sino como un componente cotidiano de la vida de los personajes. Esa naturalización se potencia gracias a una fotografía filmada íntegramente desde el punto de vista de uno de los jóvenes. Tampoco hay interés en individualizarlos: casi no existen primeros planos, nunca se enfatizan sus nombres y todos visten de manera similar, transmitiendo la idea de que cualquiera de ellos podría ocupar el lugar del otro. A esto se suman entrevistas intercaladas en las que uno de los muchachos habla directamente a cámara sobre su historia, sus miedos y sus reflexiones alrededor de los "sueños", otorgándole una dimensión íntima pero interpolable al retrato colectivo.



Sin embargo, es precisamente ese concepto de los "sueños" el que introduce el aspecto más irregular de la película. El filme establece un juego entre los sueños como proyección de un futuro prácticamente inexistente, y los sueños nocturnos, incorporando secuencias de carácter surrealista que rompen con el registro predominante. Aunque la intención resulta interesante, la integración de estos elementos nunca termina de sentirse del todo orgánica. Las imágenes oníricas aparecen y desaparecen de forma aleatoria, alterando el tono de una película que hasta ese momento encontraba su fuerza en la crudeza de su realismo. En lugar de complementar el retrato de los personajes, muchas veces estas irrupciones generan una sensación de inconsistencia que debilita el impacto del conjunto.

En conclusión, la película logra construir uno de los retratos más crudos y desesperanzadores sobre la juventud marginal reciente, sosteniendo con enorme coherencia un universo donde la violencia, la precariedad y la falta de perspectivas atraviesan cada plano. Su mirada resulta incómoda precisamente porque evita cualquier forma de romantización y convierte la experiencia cotidiana de sus personajes en el verdadero centro del relato. No obstante, cuando intenta expandir ese planteo, pierde parte de la solidez que había construido hasta entonces. Aun con esas falencias, se trata de una obra poderosa, cuya honestidad y compromiso con la realidad terminan imponiéndose sobre sus inconsistencias narrativas.



 

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