Reseña | Teatro | La Pilarcita


La Pilarcita: el deseo como fe

Por Agustina Noriega

La Pilarcita, escrita y dirigida por María Marull, es una obra que narra una historia tan sencilla como representativa del litoral argentino: un universo donde conviven la mística, la tradición, el deseo, la fe y pequeños refugios de esperanza.

La acción se desarrolla durante la víspera del festejo de la santa popular “La Pilarcita”, una figura de devoción popular a la cual debe darse como ofrenda una muñeca para que conceda milagros, consuelo o alguna señal a quienes la visitan.

La historia sigue a dos amigas que viven en el pueblo: Agustina Cabo encarna a Celina quien es una estudiante de medicina, seria, responsable, reservada, reflexiva y propietaria de una posada; Mercedes Moltedo en el rol de su amiga Celeste: fresca, alegre, despreocupada, charlatana y soñadora que funciona de contrapunto perfecto. Ambas pasan el tiempo en el patio de la casa: mientras Celina intenta estudiar, Celeste se pasea en bikini rosa, habla sin parar, expresa su deseo de bailar en la comparsa y cose el traje de plumas que la tiene completamente ilusionada.

A ellas se suma Julián Rodríguez Rona como Hernán, el hermano de Celina: un personaje simpático que sueña con presentarse en el concurso de compuestos. Con su guitarra, su voz, sus coplas y su humor, oficia por momentos como de especie de guía del espectáculo, además de ser quien ejecuta en vivo los sonidos y la música de la obra.

En ese contexto llegan Julia Catala en el papel de Selva, y Horacio a la pequeña posada para visitar el santuario. Desde el comienzo se vuelve evidente el contraste entre los visitantes y las anfitrionas: con su marcada tonada correntina y sus costumbres pueblerinas, Celina y Celeste observan a Selva con una mezcla de curiosidad y recelo, mientras ella, llegada de la ciudad, se queja de la falta de comodidades.

La puesta en escena también merece destacarse por su cuidado estético y verosimilitud. Lo primero que llama la atención es la presencia de una pelopincho en medio de lo que parece ser el patio de una casa, y al lado un santuario con muñecas y velas. A través de la utilería, el vestuario y los objetos cotidianos se construye de inmediato la sensación del calor intenso de un pueblito de nuestro país. Mesas y sillas de hierro, sábanas colgadas de una soga, toallones y ventiladores completan una escenografía que recrea con precisión ese hotel sencillo donde se alojan los visitantes.

El vestuario acompaña con coherencia el universo de la obra y alcanza uno de sus puntos más destacados con el traje de comparsa que luce Celeste. Todos estos elementos escénicos se combinan para construir una puesta delicada y poética que logra transmitir con sensibilidad la identidad y la atmósfera de un retazo del litoral.

A medida que avanza la obra, el vínculo entre Celeste, Celina y Selva se desarrolla: comparten anhelos, historias, la sensación de haberse dejado llevar por los días sin animarse del todo al deseo. 

Selva debe ofrendar una muñeca a La Pilarcita para que le cumpla el milagro que ella espera. Las litoreñas serán quiénes de alguna manera la ayudarán en esta misión. Celeste tiene claro que la verdadera desgracia es “saber que se pueden hacer las cosas de otro modo y no hacerlo”. Ese saber en forma de sentimiento, a Celeste la atraviesa; le promete a Selva traerle una muñeca y coserle su ropa, como si ese objeto pudiera guardar algo más grande que un simple pedido. Como si en cada puntada se pudiera esconder un deseo, una fe compartida, una posibilidad.

En ese gesto hay algo simple y profundo a la vez: la idea de que a veces el milagro no aparece en el santuario, sino en el encuentro con otro que, por un momento, cree en vos.

El vínculo entre estas mujeres —tan distintas y al mismo tiempo tan parecidas en su deseo de encontrarse con ellas mismas— abre preguntas que atraviesan toda la obra: ¿Cuánto de nuestra vida es destino y cuánto es elección? ¿Cuánto pesa la tradición y cuánto la fe? ¿Cuánto puede ayudarnos el otro a salvarnos o a vernos de una manera distinta?

La Pilarcita, además de hacernos reír, deja flotando algunas preguntas: incluso en los escenarios más rutinarios y aparentemente inamovibles, ¿existe todavía la posibilidad de torcer el propio destino? ¿Podemos encontrar el coraje de no seguir postergando el deseo?

Si sabemos que las cosas podrían ser de otra manera, ¿qué nos detiene de
intentarlo?

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