Reseña | Cine | The Doors
Por Mariana Parodi
Dirigida por Oliver Stone, The Doors (1991) no es una biopic tradicional, es más una experiencia sensorial que busca capturar el espíritu caótico, creativo y autodestructivo de fines de los años sesenta. A través de la figura de Jim Morrison —interpretado con un magnético Val Kilmer—, la película recorre el ascenso y caída del icónico líder de The Doors.
Lejos de buscar una reconstrucción estrictamente histórica, Stone construye un relato donde la música, la poesía, las drogas y el misticismo se mezclan constantemente. La relación con Pamela Courson (Meg Ryan) funciona como ancla emocional dentro de un universo dominado por los excesos.
El film destaca especialmente en su puesta en escena: la fotografía de Robert Richardson y el montaje de David Brenner refuerzan esa sensación de viaje lisérgico, mientras que la música de la banda atraviesa toda la narrativa.
Más que explicar quién fue Morrison, The Doors intenta hacernos sentir lo que representó: un ícono tan fascinante como inabarcable. En ese sentido, la película puede resultar excesiva y por momentos caótica, pero también coherente con el espíritu que retrata.
A más de tres décadas de su estreno —y con una versión remasterizada— sigue siendo una de las aproximaciones más intensas al universo del rock en el cine, una obra que privilegia la experiencia por sobre la precisión histórica.

.jpg)
Comentarios
Publicar un comentario