Teatro | Reseña de "Milagros", con Leticia Brédice
Milagros, una señora cómica y dramática
por Gustavo Noriega
Una dama de abolengo y rica decide salir de las sombras de su propio nombre; le paga a un director escénico para que la haga protagonista de una obra en un espacio multifuncional que ha alquilado: La Cúpula del Palacio Libertad.
La dupla responsable de la puesta son Leticia Brédice y Cristian Morales; y aunque la protagonista es ella, el director (y co-autor) será presentador, acompañante, su sostén y su guía.
Milagros Figueroa Alcorta es su nombre completo y comienza diciendo: “Como no soy actriz voy a repetir muchas cosas y quizá me olvide la letra…”. Además, confiesa que gracias al dinero que ella misma aportó a su matrimonio, puede pagarle al director una buena suma en dólares para convencerlo de que la ayude a conquistar un lugar en el mundo del teatro.
Tímidamente y acomplejada, desgrana un monólogo lleno de confesiones: desde haber padecido una madre alcohólica, hasta el bulling en sus días de colegio, y la amistad con la más rea del aula. Se detendrá en la experiencia más shockeante de aquellos días, cuando descubrió el paisaje más popular de Mar del Plata: la Bristol y su gente. El pasaje, lleno de imágenes reconocibles, es muy celebrado, a pesar de un humor escatológico que contrasta con esa agraciada señora, vestida con voluminosa organza blanca (Atelier Pucheta/Paz).
Hasta aquí veremos a Brédice comediante, que interpreta diálogos a dos voces con su decir de adolescente refinada, con falta de calle, y el de su amiguita con códigos del populacho.
El director que oficia de maestro de ceremonias y partenaire de la actriz, interactúa con el público para dar forma de performance a una pieza híbrida que pretende sumarse a una gran ola que busca sortear encasillamientos de géneros y formatos.
Luego, esta mujer parece volverse bastante más tilinga que la del registro anterior; cuenta anécdotas menos grotescas que terminan tristes; entonces pide a su compañero que recite un texto de Lorca que apunta al paso de los años y a los estigmas que los prejuicios sociales pueden dejar en las personas.
Más tarde, ella recuerda a un hombre con quien no pudo tener un hijo y el espacio se llena de llanto, que al estar amplificado se vuelve punzante.
Entre los soliloquios se escuchan canciones de amor de los años ´70: de la polaca Anna Jantar, “Tanto sol en toda la ciudad” (que alegre, habla de buscar amantes que traen felicidad), y de la italiana Ornella Vanoni, “L'appuntamento”, que narra la dolorosa espera de un amante, su angustia por la dependencia emocional y el arrepentimiento por haber perdido el tiempo.
Para terminar, pedirá disculpas a esa comunidad de actores y actrices a los que despreció; como mea culpa, por haber desestimado a quienes llevan un estilo de vida muy diferente al suyo. Entonces con la sentimental “Caruso”, hit de los ´80 del también italiano Lucio Dalla, asediará a la emoción para que salga. No queda claro que si por desavenencias con el sonidista o por dotar de frescura a la puesta, debían marcársele -sin disimulo- al responsable del sonido el nivel del volumen (que resultaba insuficiente) del comienzo o fin de las canciones.
Leticia Brédice tiene atributos como para construir una diva, pero prefiere perseguir sus deseos manteniendo sus rasgos que incomodan, los que no están al servicio de una estrategia de mercado. Es dionisíaca porque posee la fuerza para enfrentar el sufrimiento haciendo arte cuando la vida se muestra cada vez más absurda.
Ficha técnica
Texto: Leticia Brédice y Cristian Morales
Actuación: Leticia Brédice
Vestuario: Leticia Brédice, Pucheta-Paz, Cristian Morales y Panni Margot
Accesorios: Valentino de la Cruz
Estilista: Emma Ibarra
Asistente artístico: Franco Ríos
Colaboración ejecutiva: Silvia Emma Ortels
Dirección: Cristian Morales


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