Festival de Cine Francés | Reseña de Los colores del tiempo





Por Nadia Yannuzzi

La Venue de l'avenir (Francia, 2025) Dirección: Cédric Klapisch. Guion: Cédric Klapisch y Santiago Amigorena. Elenco: Suzanne Lindon, Abraham Wapler, Julia Piaton, Vincent Macaigne, Zinedine Soualem, Paul Kircher, Vassili Schneider, Sarah Giraudeau, Cécile de France y Olivier Gourmet. Música: Robin Courdet. Fotografía: Alexis Kavyrchine. Edición: Anne-Sophie Bion. Apta para todo público. 

Pasa en Lanús y pasa en Francia: un día, treinta primos —desconocidos entre sí— son citados por un abogado. Una propiedad heredada por todos ellos se encuentra en la mira de un ambicioso proyecto inmobiliario, y esa convocatoria inesperada funciona como punto de partida de la historia.

Así comienza una narración a dos tiempos. Por un lado, el presente de estos primos “recobrados”, que deberán aprender a estar juntos, a construir un vínculo y, finalmente, a quererse, mientras intentan armar el rompecabezas de una antepasada remota que cerró su casa en Normandía en 1944.

Por otro lado, el pasado de Adéle: a fines del siglo XIX, tiene 21 años, un novio y es analfabeta. Tras la muerte de su abuela, parte en barco hacia la gran ciudad en busca de su madre. Sin grandes contratiempos, Adéle llega a París, hace amigos y comienza a reconstruir su identidad.



Tal vez la trama resulte predecible, pero Los colores del tiempo es una película profundamente bella, que narra el poder sanador de volver la mirada hacia el pasado y cómo este le da sentido a nuestro presente. También es un acierto que París funcione como un personaje más: en el tiempo de Adéle la vemos en plena construcción, mientras que en el presente de los primos aparece en sus postales icónicas. Nada de esto es casual: Cédric Klapisch, director del film, ya había retratado la ciudad en Paris (2008), protagonizada por Juliette Binoche. La ciudad y la narración coral son marcas recurrentes de su obra.

Desde lo visual, la película es deslumbrante. La época de Adéle coincide con el auge del impresionismo, y esa sensibilidad impregna la estética del film, que comienza y termina con los nenúfares de Monet. Incluso algunas escenas fueron filmadas en la casa del pintor en Giverny, reforzando ese diálogo entre arte, tiempo y memoria.

Por su cuidado estético y su profunda humanidad, Los colores del tiempo es, sin dudas, una película que no hay que perderse. Y hay un plus: su guionista, Santiago Amigorena, fue invitado este año por el festival y estará presente en las funciones para dialogar con el público.


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