La Casa de los Espíritus vuelve a su origen
por Mariana Parodi
Hay algo que pasa cuando una obra como La casa de los espíritus vuelve a tomar forma en pantalla: la pregunta no es solo cómo adaptarla, sino qué hacer con todo lo que ya forma parte del imaginario colectivo.
Habiendo visto sus dos primeros episodios, esta nueva serie —con el aval de Isabel Allende— toma una decisión clave: ser fiel a su punto de partida original. Como en la novela, todo comienza con la infancia de Clara. Y ahí ya marca una diferencia fundamental con la adaptación cinematográfica de La casa de los espíritus, que recortaba toda una generación y aceleraba el relato.
Acá, en cambio, hay tiempo. Tiempo para que lo mágico conviva con lo cotidiano, para que lo político se filtre sin volverse discurso, para que los vínculos respiren antes de quebrarse.
La serie apuesta por una narrativa más paciente, más sensorial. Y en ese recorrido, las mujeres vuelven a ocupar el centro: Nívea, Clara, Blanca, Alba. No como figuras simbólicas, sino como cuerpos atravesados por la historia.
En ese sentido, la triple encarnación de Clara —en su infancia, adolescencia y adultez— funciona como un eje narrativo que ordena el paso del tiempo. Las interpretaciones de Nicole Wallace y Dolores Fonzi aportan matices distintos a ese recorrido: entre lo etéreo y lo terrenal, entre la intuición y la conciencia.
Mientras tanto, Alfonso Herrera construye un Esteban Trueba que ya deja ver sus fisuras. A su alrededor, el elenco amplía ese universo con presencias que aportan matices: la española Maribel Verdú, y los argentinos Rochi Hernández y Nicolás Francella, entre otros, consolidan un entramado coral que acompaña el relato.
Quizás lo más interesante es que la serie no parece apurada por llegar a los grandes acontecimientos. Es esa idea de que lo que va a estallar más adelante ya está, de alguna forma, latiendo desde el principio.
Con canción original de Mon Laferte, esta adaptación se perfila como una lectura más fiel, no solo a la novela, sino a su espíritu.
Porque si algo deja claro esta versión de La casa de los espíritus es que la historia no empieza con los grandes hechos, sino mucho antes: en los vínculos, en los silencios, en lo que una familia decide —o no— recordar.
En ese comienzo, la serie acierta: no en lo que cuenta, sino en cómo decide empezar a contarlo.


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