El Festival Internacional de Diversidad y Género de Buenos Aires (FIDiG) se desarrolló en la Sala Raúl González Tuñón del Centro Cultural de la Cooperación entre el 27 de febrero y el 2 de marzo. Se dedicó a abarcar distintos cortometrajes que competían en la categoría Mejor Cortometraje y largometrajes fuera de competencia en defensa de la diversidad en los tiempos actuales. Lu Britti y Gustavo Noriega tuvieron la oportunidad de ver algunos y acá cuentan sobre ellos.
En “La perra”, un corto de animación de estilo acuarela, se ve la relación entre una madre y su hija atravesada por la sexualidad. ¿Madre es la que engendra o la que cría? ¿Ser una puta es ser madre ausente?
Con paisajes de ciudad, transmite con crudeza y puede ser un tanto explícito pero a la vez necesario. Se encuentran texturas y sonidos mezclados con el ambiente y deberían dejar de ser tratados como algo incómodo. Parecemos estar viendo la intimidad de alguien más y esa es su magia; preguntarte por qué se siente tan incómodo aunque sean cuerpos antropomorfos.
El cortometraje obtuvo una mención especial por parte del jurado del festival.
Contrastando con el corto animado francés/colombiano, "Río" nos lleva a nuestro país, donde Ale, un chico gay, explora en una app de citas encontrándose con un adulto mayor que ya conoce. El corto alterna entre planos del paisaje cordobés y chats de la app. Contrasta lo hermoso que vemos visualmente y cómo la trama parece volverse más oscura.
¿Cómo chocan las expectativas de un chico de 16 años con las de un hombre adulto? La producción no falla en mostrar delicadeza como tenemos en el imaginario popular una primera vez romántica cuando no suele ser tan así, sino que también puede ser bruta y sumamente vulnerable.
Ambas ficciones tocan la sexualidad de maneras diferentes representando a una realidad no tintada de rosa, sin clichés. Esto vuelve al Festival un ciclo de cine más humano, accesible y de valor en estos contextos violentos. Por más cine de calidad que pueda hacernos cuestionar cosas y potencie el cambio.
Lu Britti
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“Cidade; Campo” (Juliana Rojas, Brasil), un largometraje de origen brasileño presenta dos historias autónomas: la primera muestra a una mujer madura que migra obligadamente de una zona rural a la ciudad; mientras que la segunda, sigue los vaivenes de una pareja de jovencitas que eligen el campo como proyecto de vida. Con un naturalismo que expresa verdad, ambos mediometrajes que conforman un largo, condensan personajes que tienen la capacidad de penetrar rápidamente en el espectador.
En el comienzo vemos que Joana (Fernanda Vianna) llega a la casa de su hermana Tânia (Andrea Marquee), en un barrio de clase media-baja de Sâo Paulo, tras haber perdido todo por un alud provocado por el colapso de un dique, en Mina Gerais. Lógicamente deprimida, deberá apechugar de todos modos su nueva cotidianeidad en un contexto donde mujeres igualmente tenaces, desplegarán universos femeninos semejantes.
En la segunda historia, Flavia (Mirella Façanha) y Mara (Bruna Linzmeyer) son una pareja que se instalan en la chacra del padre de una de ellas, que acaba de morir. La hija lo hace por amor -por su mujer y por honrar a su padre - mientras que la otra, por visión de vida, ya que es veterinaria y pronto atenderá a los animales. Rápidamente aparecerán las zozobras, a pesar que, a diferencia con la primera parte, aquí habrá momentos de regocijo sexual, y experiencias con alucinógenos naturales. Un film con dos relatos muy contemporáneos, de contextos complejos, con actuaciones sin fallas, de emociones palpables y que daría gusto volver a ver.
En “Los Demonios del Amanecer” (Julián Hernández, México), Orlando y Marco, dos veinteañeros, serán los protagonistas de un amor a primera vista. Mientras asumen su mundo de estudiantes -uno buscando ser enfermero; y bailarín, el otro- logran su sustento con empleos alternativos a sus vocaciones.
Los supuestos espíritus maléficos brillan por su ausencia a toda hora, en una Ciudad de México idealizada, y más allá de alguna chela, no existen los vicios; y los exámenes con jurados son fáciles de tramitar. Los encuentros sexuales más que afiebrados -como correspondería a la edad- se muestran ostensiblemente risueños; hasta que aparezca un síntoma de HIV, que llega tardíamente a crear un conflicto, y expone un tabú que resulta anacrónico, especialmente porque la vida resulta fácil de sobrellevar: sin problemas laborales, ni familiares, ni con amigos. Donde además, todo es inclusivo y diverso. Si lo que pretende la película es decir que sería bueno que ese mundo exista, sería buena la propuesta, pero no se entiende que ese sea el planteo. Por los demás, las actuaciones (con cuerpos hegemónicos), coreografías, iluminación y sonido, son cuidados y de calidad. De principio a fin suena la energética canción de Gloria Gaynor “Nunca puedo decir adiós”, anunciando que seguramente habrá final feliz; y si no igual, esa música se encargará de alegrar nuestro espíritu.
En FIDIG se pudieron ver gran variedad de cortos; dos de animación, diferentes en su estilo pero igualmente atrapantes son “La perra” (de Carla Melo Gamper – Colombia/Francia), y el ganador de la categoría Mejor Cortometraje “27” (de Flora Anna Buda – Alemania). El primero presenta animales antropomorfos fascinantes -"furries" o "kemono"-, en relaciones inquietantes. Su extraña belleza gana potencia por su banda sonora; y su música vitalista resulta tan intensa como su aspecto visual. Mientras que el segundo, muestra a una jovencita en crisis, justamente en su cumpleaños número veintisiete; esa edad en la que tantos artistas del mundo de la música claudicaron.
Gustavo Noriega
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