Reseña | Teatro | Modelo Vivo Muerto


La escena como juego compartido de risa colectiva

Por Agustina Noriega

Modelo vivo muerto, protagonizada por Bla Bla & Cía., dirigida por Francisca Ure y producida por Maribel Villarosa, es una obra que se corre del formato varieté y apuesta por una comedia de suspenso con estructura de arte dramático.

La acción se desarrolla durante el examen final de una prestigiosa academia de arte. Tres estudiantes deben rendir su prueba copiando un modelo vivo que, misteriosamente, aparece muerto. El crimen instala el enigma y da inicio a una investigación inmediata.

La obra se estructura en tres actos y comienza con Sebastián Furman como un maestro de la música en escena que oficia de guía del espectáculo. Luego aparece Julián Lucero, en el rol de un profesor de artes plásticas tan alocado como decadente, y casi simultáneamente Manu Fanego, quien encarna dos personajes, uno de ellos el que da título a esta disparatada historia. Finalmente irrumpen Pablo Fusco, Tincho Lups y Carola Oyarbide como una tríada de estudiantes efusivos, quienes aportan frescura y dinamismo al relato.

Pero además de actuar, cantan y bailan. Bla Bla & Cía. sostiene la tradición del teatro popular donde el cuerpo es el instrumento principal para generar situación, ritmo y sentido. La química del grupo es total: timing preciso, gags afinados, amor por el juego y un manejo del gesto casi milimétrico. Por momentos, las escenas adquieren un aire coreográfico, un funcionamiento de reloj que nunca pierde lo espontáneo. El efecto catártico se construye a partir de recursos aparentemente simples —repeticiones, absurdos, pérdidas de sentido, cambios bruscos de ritmo, caídas— que demuestran que lo simple es, en realidad, lo más complejo de lograr cuando se trata de conmover a una audiencia.

La puesta en escena construye una tensión sin fisuras. El piano, un gran retrato solemne, la iluminación fría y la máquina de humo podrían hacer pensar que se trata de un drama clásico. El vestuario continúa esa línea irónica: el profesor con saco y corbata, pero pantalones excesivamente cortos; los estudiantes con trajes de academia inglesa; los lápices especiales B2 para el examen. Todo es sátira: de la academia, de los viejos y nuevos modelos pedagógicos, del género policial, de Edipo, del psicodrama.

La música, siempre presente, está a cargo de Furman; con momentos individuales y pasajes corales que exhiben una versatilidad deslumbrante del elenco. La escenografía y el diseño de luces acompañan y conducen la atención con precisión.

La experiencia atraviesa el cuerpo: no desde la solemnidad, sino desde el cansancio en el pecho y el rostro por reír sin pausa. En esa risa colectiva y desbordada, el teatro vuelve a ser teatro: un espacio vital, presente y compartido.

Este es el terreno fértil donde se construye un espectáculo que lleva el ridículo al extremo, rompe estructuras y genera una verdadera fiesta escénica.

Modelo vivo muerto es un espectáculo inteligente, filoso y profundamente vivo. Una obra que mantiene activo a quien mira. Una defensa del teatro y del trabajo en equipo, y de la risa como posibilidad de repensarse y purgar.

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