Reseña | Cine | Playa de Lobos
Por Nahuel Tesouro
La nueva de Francella
no parece la nueva de Francella. Cuando alguien dice la nueva de Francella, uno
tiene una idea formada en su mente de cómo puede ser la nueva de Francella. Sin
embargo, Playa de Lobos, seguramente, no sea lo que tengan en mente cuando les
digan la nueva de Francella.
Es el segundo
largometraje del español Javier Veiga quien ya en su primera película, Amigos
Hasta La Muerte, usaba la idea de pocos personajes y algunos momentos en la
playa. Aquí lleva eso al extremo. Básicamente, se trata de un film con solo dos
personajes, un turista argentino llamado Klaus y un hombre dueño de un
chiringuito llamado Manu. El conflicto se desata cuando el personaje argentino
interpretado por Guillermo Francella quiere quedarse con una reposera mirando
al mar todo el día hasta la noche, pero el español le aclara que no puede
puesto que debe cerrar el puesto al atardecer. Esto deriva en diversas
discusiones y hasta argumentos semi-existencialistas de Klaus para justificar
por qué debe quedarse con la reposera. Como toda película de solo dos
personajes hablando, esto deriva en otra discusión y otra y otra hasta que se
va pasando el tiempo del largometraje bastante rápido. Ah, y hay un par de
números musicales que interrumpen la acción súbitamente.
Como se darán cuenta,
no suena para nada como algo a lo que alguien llamaría “la nueva de Francella”.
En ese sentido, aplaudo al actor por atreverse a salir de su zona de confort,
hacer un proyecto mucho más pequeño e independiente que los que suele hacer, y
apoyar a un director que está haciendo sus primeros pasos en el séptimo arte.
Además, el trabajo de Francella es muy bueno, sumamente superior al de su
contraparte española Dani Rovira que, de todas formas, también hace un buen
trabajo.
Si a uno le gustará o
no depende, primero, en el estilo. Yo, por mi parte, disfruto de los films de
solo dos personajes hablando por un lugar mientras caminan sin que nada suceda,
y ese gusto personal me hizo muy entretenida la primera hora. Incluso aprecié
los momentos casi surrealistas en los cuales la acción se detenía para dar pie
a un número musical (lamentablemente, Francella no cantó en ninguno). Sin
embargo, lentamente, la película se va tornando más un thriller que un drama y,
a medida que avanza, cae en lo repetitivo y lo superficial: demasiados
flashbacks, armas, golpes y giros de trama que no terminan de conciliarse con
el tono dialogador de la primera hora. Se siente como si el director, quien
tiene un papel en el film como el hermano del personaje de Dani Rovira, a mitad
del camino perdió la confianza en su segundo largometraje y sintió la necesidad
de agregar elementos de acción para hacer todo más “entretenido” y “dinámico”.
No termina siendo una
mala experiencia ni mucho menos, pero la fortaleza de algunos diálogos y la
gran actuación de Francella quedan opacados por un tercer acto decepcionante.

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