Reseña | Cine | Un futuro brillante


Por Mariana Parodi

En Un futuro brillante, segundo largometraje de Lucía Garibaldi, la ciencia ficción no se construye a partir del espectáculo sino del desvío. No estamos ante un futuro abiertamente distópico, sino ante un mundo apenas corrido de eje, donde la lógica del progreso ha terminado por organizar incluso los afectos, el tiempo libre y el deseo. En ese desplazamiento mínimo, pero inquietante, la directora uruguaya encuentra una zona fértil para interrogar el presente.

Elisa (interpretada por Martina Passeggi) vive con su madre en un complejo habitacional detenido en el tiempo: ya no hay mascotas, la población envejece y las jóvenes “aptas” son enviadas al Norte, una tierra prometida donde —según la promesa oficial— la historia puede reescribirse sin errores. Elisa es una de las últimas elegidas. Es brillante, funcional, productiva. Pero también empieza a intuir que vivir no es lo mismo que rendir.

La película dialoga, de manera sutil pero contundente, con las ideas de Byung-Chul Han en La sociedad del cansancio: la exigencia constante de rendimiento que se internaliza hasta volvernos explotadores de nosotros mismos. En el universo de Garibaldi, el descanso, el ocio y la improductividad son casi gestos subversivos. Perder el tiempo, conversar sin finalidad, desear sin cálculo: allí radica la verdadera resistencia.

La llegada de Leonor (Sofía Gala), una vecina magnética y ambigua, introduce una fisura en la rutina de Elisa. Leonor encarna una rareza tierna, una presencia que tensiona la aparente armonía del sistema. Entre ambas se construye un vínculo cargado de deseo, vulnerabilidad y descubrimiento, que desplaza el conflicto del plano institucional al íntimo.

Garibaldi —que ya había demostrado una mirada singular en Los tiburones— vuelve a trabajar el crecimiento femenino desde la fragilidad y la ambigüedad. Si en su ópera prima el verano y el rumor estructuraban el relato, aquí es la suspensión del tiempo la que domina la puesta en escena. La directora entiende el cine como un espacio donde las verdades tambalean y las emociones mínimas se amplifican. La cámara acompaña los cuerpos con una cadencia casi coreográfica —no es casual que su protagonista provenga de la danza— y refuerza esa sensación de mundo encapsulado, donde lo cotidiano y lo perturbador conviven sin estridencias.

Uno de los mayores aciertos del film es su decisión de construir una “distopía mínima”. No hay grandes efectos ni despliegues tecnológicos: el futuro aparece en objetos concretos —una heladera con semillas, un parlante que imita el sonido del ladrido de un perro, el miedo a las hormigas— y en pequeñas reorganizaciones sociales. 

Tras su paso por festivales como Tribeca y Huelva, esta coproducción entre Uruguay, Argentina y Alemania confirma a Garibaldi como una de las voces más interesantes del cine latinoamericano contemporáneo. Un futuro brillante no propone una rebelión épica, sino algo más incómodo y profundo: la posibilidad de decir “no” sin saber exactamente qué viene después. En tiempos que glorifican la eficiencia y la juventud como capital, la película apuesta por la duda y la fragilidad como actos políticos. En ese gesto íntimo y contradictorio, radica su mayor potencia.

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