Reseña | Cine | El agente secreto
Un recuerdo que se niega a permanecer en silencio
Por Agustina Noriega
Dirigida por Kleber Mendonça Filho, El agente secreto se sitúa en 1977, en pleno apogeo de la dictadura brasileña, y desde su apertura deja claro que no será un relato histórico convencional. El film comienza con un montaje en blanco y negro de símbolos nacionales —del cine popular a las telenovelas— que funciona como declaración de principios: la memoria colectiva también es un campo de disputa política.
La película es muchas cosas a la vez: drama, sátira, relato de espionaje y reconstrucción sensorial de época. Su tono intrigantemente relajado convive con momentos de expresionismo y destellos surrealistas que no buscan explicación lógica sino emocional. Mendonça Filho no intenta que el espectador “entienda todo”, sino que habite el clima: paranoia cotidiana, silencios cargados y conversaciones que nunca dicen exactamente lo que parecen decir.
El eje es Marcelo, interpretado por Wagner Moura, un hombre de mirada cansada y amabilidad tensa cuyo trabajo permanece difuso durante gran parte del metraje. En un régimen donde cualquiera podría estar escuchando, la identidad también se vuelve clandestina. El subtexto es el verdadero diálogo.
La violencia atraviesa la narración de manera permanente. Algunas muertes responden a castigos políticos; otras parecen simples hechos delictivos. Pero la superposición es el punto: la película sugiere que el autoritarismo contamina incluso aquello que aparenta ser cotidiano. No se trata solo del miedo al Estado, sino de aprender a vivir dentro de su lógica.
Marcelo, viudo, mantiene a su hijo Fernando (Enzio Nunes) con sus abuelos en Recife porque su vida no es segura. La inocencia del niño preguntando cuándo volverá su madre se convierte en uno de los golpes emocionales más fuertes: la dictadura no solo mata cuerpos, también altera vínculos.
La película posee una identidad profundamente brasileña. Sus colores cálidos construyen una atmósfera húmeda y densa, casi táctil, mientras la estética —minuciosamente cuidada— recrea la época sin rigidez museística: se vive, no se exhibe. La historia transcurre durante los carnavales: mientras la calle celebra, la trama se sumerge en la tensión política. Esa contraposición entre fiesta y amenaza le da contraste y realidad a la trama.
También surgen referencias a Tiburón, no como guiño cinéfilo sino como analogía: el miedo, lo que no se se ve bajo la superficie.
Los personajes secundarios: Doña Sebastiana (Tânia Maria), frágil y áspera; los sicarios Augusto (Roney Villela) y Bobbi (Gabriel Leone), con una relación paterno-filial; Vilmar (Kaiony Venâncio), un hombre anguloso y de aspecto enfermizo, con ojos oscuros y un aire de desesperación; o Claudia (Hermila Guedes), madre soltera que encarna otra forma de supervivencia, están delineados con tal precisión que cada uno podría protagonizar su propia película. Ese mosaico humano termina construyendo una sociedad entera bajo vigilancia.
El Estado aparece entonces como un depredador invisible: no necesita mostrarse para dominar. Esa idea se vuelve el corazón político de la obra.
Su potencia emocional crece con cada visionado. El final, conmovedor y sostenido por la actuación contenida de Moura, resignifica todo lo anterior: no busca cerrar, sino expandir; no cierra la historia, la reordena: todo lo anterior adquiere otro sentido. El pasado no queda atrás, permanece latente.
Más que narrar un período, la película convierte la memoria en experiencia. No habla solo de Brasil, sino de cualquier sociedad que haya aprendido a convivir con el miedo. Y ahí aparece su idea más clara: ningún país puede construirse sin cultura, sin identidad, sin recordar lo que intentó ser borrado.

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