Reseña | Cine | Nuestra Cosa Perdida



 Por Carolina Ríos


Tres días antes de morir Daniel Cruz le diría a su hija - directora del film - la frase guía de este recorrido audiovisual: “No me puedo morir porque no hice una película”. 

Es a partir de los recuerdos materiales dejados atrás por su padre que Martina Cruz intentará reconstruir una vida atravesada por proyectos truncos. En la búsqueda de algún guión que no esté inconcluso - y que pueda servir como punto de partida para ver realizado su último deseo - la directora se embarca en la aventura de descubrir su contraseña de mail.

La pregunta de seguridad que refiere a la película favorita de su padre sirve como herramienta para descubrirla a partir de los clásicos cinematográficos que le dejó en este plano en formato VHS. El recurso de intercalar los archivos filmográficos que Daniel hacía de la vida familiar con recortes de dichos films sirve como refugio a la hora de construir la imagen de un hombre que - según quién lo recuerde - puede tener muchos rostros. 

Contrastando directamente con el manto de solemnidad que otorga beatificación a los difuntos, este tipo de documentales busca (sin posible mirada objetiva) al menos una yuxtaposición honesta de cómo la relación con los otros puede construir, dentro de uno mismo, tantas personas como ojos lo observen. 

La directora, reconociéndose en su ópera prima como la hija favorecida, ofrece a su madre y a su hermana el espacio para relatar la versión de Daniel que cada una vivió y recuerda; todas muy distintas, coexistiendo en simultáneo y en el mismo espacio vital.

El documental muestra a un hombre que va de padre y esposo a director cinematográfico frustrado por no poder cumplir sus sueños. En un principio, estas aspiraciones parecen truncadas por la dificultad para emprender proyectos de la dimensión de un largometraje; sin embargo, el documental expone a partir de la recopilación de las declaraciones de personajes involucrados activamente en sus propósitos, que quizás era Daniel el que carecía de la voluntad y predisposición para culminar alguna de todas las ideas que proponía. 

Este tipo de documentales, que buscan descubrir el velo de secretismo impuesto sobre aquellos seres queridos que han cumplido las veces de autoridad, han ganado muchísimo reconocimiento en la actualidad gracias a obras como “El silencio es un cuerpo que cae” (2017) de Agustina Comedi. 

Una nueva forma de encarar la construcción personal de aquellos que pueden haber sido amados por condiciones de familiaridad, pero que no por eso obligan a lavar su imagen para que el mundo se conmueva.

Paralelamente, este tipo de contenido llega para romper con aquella idea de reservarse comentarios por respeto a quienes - en su ausencia definitiva - “no tienen posibilidad de defenderse”; se entiende ahora que, más allá del aprecio que alguien pueda poseer por una persona, existen miles de motivos por los que otros podrían no guardar un recuerdo tan entrañable. 

En los 70 minutos que la ópera prima de Martina Cruz posee, y haciendo uso de su propia voz para narrar en off la historia de su padre, el documental aborda fragmentos de una vida tan cercana como distante a la suya con un respeto acorde a la figura que retrata. 

Como la propia realizadora explica dentro de la obra - a estrenar este 26 de febrero en el cine Gaumont -, quizá no sea esta la película con la que Daniel Cruz soñó toda su vida y de la que hablaba días antes de morir, pero lo que sí es sentido a lo largo del visionado es que funciona como un homenaje pensado en detalle para un hombre que no solo cumplió un rol importante en la configuración de su recorrido vital, sino que también le dejó como herencia un interés particular por el arte audiovisual. 


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