Cine | Reseña de Moscas
por Nadia Yannuzzi
Olga está sola y, al menos en apariencia, no necesita a nadie. Tiene sus rutinas analógicas bien aceitadas, sus sudokus prolijamente resueltos y sus programas de televisión. Pero una dolencia persistente en un pie —que requiere cirugía— la obliga a tomar una decisión que la incomoda profundamente: alquilar una habitación de su casa para reunir el dinero necesario para la operación. Olga vive en un complejo de edificios frente a un hospital enorme de la Ciudad de México. Muchos de sus vecinos alquilan cuartos en sus departamentos, una práctica que siempre le resultó molesta, hasta que no le queda más remedio que hacer exactamente lo mismo. Entonces coloca un cartel en la ventana con su número de teléfono y el mensaje: “comunicarse con la licenciada”. Es bien sabido que hay que estudiar para que el día que tengamos que poner un cartel podamos poner nuestros títulos.
Sus inquilinos son Tulio y su hijo Cristián, que intentan sobrevivir como pueden en la ciudad mientras Estela, madre de Cristián, lucha contra el cáncer internada justo enfrente, en el hospital. La convivencia empieza de manera torpe y algo hostil, pero con el correr de los días se va armando un vínculo inesperado entre Olga, Tulio y el chico. Ninguno de los tres lo sabe al principio, pero se necesitan mucho más de lo que están dispuestos a admitir.
Moscas es una película en blanco y negro, sin música. El sonido está compuesto por las respiraciones, los ruidos del edificio y el pulso constante de la ciudad. En ese registro austero, lo que hace Teresa Sánchez, en el papel de Olga, es sencillamente extraordinario. En las primeras escenas la vemos enfrentarse a una mosca en una coreografía muda en la mejor tradición de Charlie Chaplin o Buster Keaton. Por su parte, retomando una expresión clásica de la crítica cinematográfica, corresponde decir que Bastián Escobar, el jovencísimo intérprete de Cristián, se roba la película. El cliché, esta vez, está plenamente justificado.
Este es el quinto largometraje del director mexicano Fernando Eimbcke. Su ópera prima, Temporada de patos, también filmada en blanco y negro, ya anticipaba algunas constantes de su obra: el protagonismo de niños y adolescentes y la idea de que el mundo adulto rara vez está en condiciones de acompañarlos. Gran parte de su filmografía podrá verse en la plataforma MUBI, que estrenará Moscas pocos días después de su paso por salas. El film pasó este año por Cannes y el festival de cine de Berlín.
Hay una escena de la película que resume su potencia y la paradoja de expresar lo complejo de forma sencilla. Cristián está obsesionado con un viejo videojuego de fichines y Olga lo ayuda a llegar al primer puesto del ranking. Esa secuencia de entrenamiento es una lección de zen en 8 bits. Cine en estado puro y una prueba de que, incluso en la soledad más rígida, el vínculo más inesperado puede abrir una hendija que lo va a cambiar todo.
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