Cine | Reseña de Dos Pianos

Título Original: Deux Pianos. País: Francia. Año: 2025. Dirección: Arnaud Desplechin. Guion: Arnaud Desplechin y Kamen Velkovsky. Elenco: Francois Civil, Nadia Tereszkiewicz y Charlotte Rampling. Música: Gregoire Hetzel. Fotografía: Paul Guilhaume. Montaje: Laurence Briaud. Duración: 115 minutos. Distribuidora: Zeta Films.naud Desplechin. Guion: Arnaud Desplechin y Kamen Velkovsky. Elenco: Francois Civil, Nadia Tereszkiewicz y Charlotte Rampling. Música: Gregoire Hetzel. Fotografía: Paul Guilhaume. Montaje: Laurence Briaud. Duración: 115 minutos. Distribuidora: Zeta Films.
 




por Nadia Yannuzzi


Mathias regresa a Lyon después de pasar un tiempo en Japón. Es pianista y toda su vida parece muy  frágil. Vuelve a pedido de Elena, su mentora, que deposita grandes expectativas en el futuro de su carrera. Sin embargo, a los 45 minutos de película, todo lo vinculado con su desarrollo musical desaparece casi por completo y Dos pianos se transforma en un drama sobre una pareja rota. Se podría esperar una historia atravesada por la intensidad o el conflicto, pero no es así. Los episodios traumáticos son complejos de poner en sentido. Aquí todo parece bastante claro: los personajes no enfrentan demasiadas contradicciones y siguen su deseo. Casi no hay contradicciones internas ni zonas grises; todo parece demasiado evidente y, más que gente adulta, parecen adolescentes caprichosos.

Charlotte Rampling, que interpreta a Elena, es, sin dudas, lo mejor de la película. Vestida de forma impecable, digna de una pasarela, vuelve a encarnar ese personaje que el cine le ha asignado en los últimos años: una mujer mayor, severa y sofisticada, capaz de establecer vínculos ambiguos con hombres más jóvenes desde su firmeza. Es un registro que ya había explorado en, por ejemplo, La matriarca (2025) e incluso, de otra manera, en Dune. A los 80 años y con una carrera extraordinaria en su haber—que incluyó también una etapa como sex symbol—, Rampling puede seguir eligiendo ser la villana, como ya ha declarado que le gusta interpretar. El resto del elenco, en cambio, resulta bastante inexpresivo. Y como los personajes carecen de verdadero conflicto interno, tampoco encuentran demasiado espacio para desplegar sus capacidades actorales.

Hay, sin embargo, dos aspectos de la puesta en escena que merecen destacarse. El primero es el vestuario, impecable, como cabría esperar de una producción francesa. El segundo es la fotografía, con una iluminación que por momentos se vuelve muy intensa y recurre a una paleta de tonos anaranjados que acompaña el pulso de la historia. El problema está en el guion, que da la impresión de reunir dos películas distintas pese a tener cuatro autores. La primera se concentra en el recorrido artístico de Mathias; la segunda abandona casi por completo ese eje para centrarse en el reencuentro con Claude, su tormentoso amor del pasado. El pasaje entre ambas no termina de encontrar una articulación convincente.



Dos pianos es la última película de Arnaud Desplechin, director francés con una extensa trayectoria y una filmografía que supera la veintena de producciones entre largometrajes y mediometrajes. A lo largo de su carrera trabajó con algunas de las figuras más reconocidas del cine francés, como Catherine Deneuve, Léa Seydoux, Marion Cotillard y el siempre fascinante Mathieu Amalric. En 2004 estuvo en el centro de una polémica cuando la actriz y expareja Marianne Denicourt lo denunció por haber expuesto aspectos de su vida privada en Reyes y reina.

En La herencia de Eszter, Sándor Márai escribe que "los amores sin esperanza no terminan nunca". Buena parte del cine de Desplechin parece construirse sobre esa idea: esas relaciones que por más intensas que sean, o quizá debido a su intensidad, no pueden perdurar. Dos pianos vuelve sobre esa obsesión, aunque esta vez con resultados desparejos. Su desenlace es tan previsible como absurdo y confirma las debilidades de un guion que nunca termina de decidir qué historia quiere contar. Aun así, quienes teman encontrarse con una película excesivamente volcada al universo de la música clásica pueden quedarse tranquilos: ese mundo funciona apenas como punto de partida y nunca llega a convertirse en una barrera para el espectador.

 

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