Reseña | Teatro | Relatividad


 Por Valeria Vecchi

Relatividad escrita por Mark St. Germain y dirigida por Carlos Rivas, se presenta en el Teatro Picadero con un elenco de lujo encabezado por Luis Machín y Gabriela Toscano. Lo que a primera vista parece una entrevista entre Albert Einstein y una periodista pronto se convierte en un duelo de ideas y emociones que expone en lo más profundo al científico. La puesta en escena es sobria y precisa, lo que permite que el foco esté en las palabras y en la tensión que se genera entre los personajes.


Lo que me atrapó de Relatividad es que no se queda en la figura del Einstein que todos conocemos sino que se mete en sus contradicciones más íntimas. Sentí que la obra hablaba de cómo la genialidad puede ser también una carga y que detrás de los grandes nombres hay personas que dudan, que se equivocan y que buscan redención. La química entre Machín y Toscano es tan fuerte que uno se olvida de estar en una sala y se siente parte de esa conversación incómoda, casi como un testigo de confesiones que nunca deberían salir a la luz.


La interpretación de Machín es brillante porque logra un Einstein complejo, irónico y vulnerable a la vez. Toscano por su parte, aporta fuerza y sensibilidad, convirtiendo la entrevista en un verdadero duelo emocional. La dinámica entre ambos hace que cada silencio pese tanto como las palabras y que el público se mantenga expectante ante cada revelación. La música original de Bruno Rivas y la iluminación discreta refuerzan esa atmósfera íntima, sin distraer de lo esencial: ese enfrentamiento humano.


Más allá de la historia, me gustó cómo la puesta logra un equilibrio entre lo intelectual y lo emocional. No es un espectáculo que busque respuestas fáciles sino que te deja pensando en qué significa realmente ser recordado… ¿Es por las ideas o por la forma en que tratamos a los demás? Esa pregunta atraviesa toda la obra y se queda resonando mucho después de que cae el telón. Es teatro que incomoda pero también que invita a reflexionar sobre nuestra propia manera de vivir y relacionarnos.


En definitiva, esta es una obra que humaniza al genio y nos confronta con nuestras propias contradicciones. Es un espectáculo que recomiendo para quienes les gusta quedarse con interrogantes a debatir una vez finalizada la obra. Al salir del teatro, uno no se lleva únicamente la imagen de Einstein sino la certeza de que detrás de cada figura pública hay un ser humano con luces y sombras. Y esa es, quizás, la mayor enseñanza que nos regala esta puesta: que la verdadera relatividad está en cómo elegimos recordar y ser recordados.


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