Reseña | Teatro | Cuestión de género


 Mentiras, verdades y falsedades

Por Gustavo Noriega 


En Cuestión de género, dirigida por Nelson Valente, el texto de Jade-Rose Parker ha sido adaptado para el público local. Por empezar, la figura principal -Jade, interpretada por Moria Casán- es supuestamente una diseñadora elegante y exitosa; pero nada de eso se exhibe en el escenario. Claro que físicamente tiene el cuerpo ideal para el rol. Pero no se le ha exigido a la diva que componga un personaje, sino más bien que desgrane sus mohines y dichos reconocibles; ya sean de la televisión de los ´80 ó mucho más recientes. Es que se trata de una figura tan popular que esa decisión es un camino seguro para la complicidad con el público -y especialmente- ese al que le gusta ver famosos antes que personajes de ficción.

Ella, tiene una dura noticia que darle a su marido –con resultados de laboratorio mediante- sobre su estado de salud, pero también, algo tanto o más importante que eso. Él -Francisco, a cargo de Jorge Marrale- es el candidato político con mejor proyección en las inminentes elecciones; pero una vez expuestas las confidencias, aparecen las contradicciones, puertas adentro: lo que defiende públicamente en la campaña es parte de un doble discurso; el de la corrección política por un lado y el verdadero sentimiento, por otro.

El texto aprovecha -para decir sin rodeos- lo que hace tiempo se viene percibiendo; y es que la defensa de derechos de las minorías es directamente proporcional a la consecución de votos.

Los secundan con gran solvencia, Paula Kohan como Sofía -este nombre mezcla ficción con realidad- como la hija adoptiva de ambos; y Ariel Pérez de María como su pareja, que a la vez es adversario político de Francisco. Ambos visitan -inquietos- a los dueños de casa con una doble finalidad: la de “blanquear” el vínculo, más otra novedad. Ellos que pensaban sorprender por sus anuncios, son sorprendidos con revelaciones mucho más difíciles de digerir.

Mientras que Moria usa y abusa de su singularidad, Marrale compone un personaje energético -bien podría haber tenido algún vicio que se corresponda con esa energía- muy diferente a los que hemos visto interpretados por él, en pantallas. Lamentablemente, la verborragia de ambos, por momentos se convierte en dos monólogos en vez de un diálogo; pero el público sólo busca diversión y la encuentra. Las reflexiones son pocas y giran en relación a la identidad, las elecciones, las decisiones y bastante menos, sobre la aceptación.

La escenografía -un apartamento espléndido- es el marco ideal para contrastar tanto conflicto, ya que materialmente, está todo resuelto. Y sobre el final (como si fuera un “bucle”), todo parece volver a empezar con un efecto de sonido e iluminación muy precisos; indicándonos que todo puede ser de otra manera… que siempre estamos eligiendo.

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