Reseña | Cine | El beso de la mujer araña
Por Mariana Parodi
El próximo 8 de enero llega a los cines una de las apuestas más ambiciosas de la temporada: la nueva versión de "El beso de la mujer araña”. Bajo la dirección de Bill Condon, cineasta experto en el lenguaje del musical y el drama biográfico, esta producción se propone revitalizar la obra maestra del argentino Manuel Puig, tomando como base el aclamado musical de Broadway de Kander y Ebb. La historia nos sitúa en Argentina, donde la oscuridad de una celda de la dictadura militar se convierte en el escenario de un vínculo inesperado entre un prisionero político (Diego Luna) y un soñador romántico (Tonatiuh Elizarraz) que escapa de la tortura mediante el recuerdo de viejas películas.
La actriz y cantante Jennifer Lopez asume un desafío triple al interpretar a Ingrid, Aurora y la Mujer Araña, figuras que habitan la imaginación de los protagonistas. Lopez despliega un magnetismo propio de las estrellas de la era dorada de Hollywood, brillando en once números musicales que rompen la opresión de las escenas carcelarias con una explosión de glamour y color. Su presencia es innegable y logra elevar la película cada vez que la fantasía toma el control de la narrativa.
Sin embargo, detrás del brillo de las lentejuelas, la película enfrenta un dilema de tono que no termina de resolver. Mientras que las actuaciones de Diego Luna y el resto del elenco —incluyendo destacadas participaciones de los argentinos Josefina Scaglione, Lucila Gandolfo y Federico Salles— aportan una carga dramática necesaria, el guion parece dudar entre la denuncia política y el espectáculo puro. La visión de Condon, marcada por una estética muy estadounidense, por momentos simplifica la crudeza de la dictadura argentina, dejando la sensación de que el contexto histórico funciona más como un telón de fondo que como el núcleo del conflicto.
En definitiva, esta nueva entrega de “El beso de la mujer araña” es un triunfo visual y una consagración para Jennifer Lopez como intérprete integral. Aunque se queda a mitad de camino en su intento de equilibrar el melodrama musical con el realismo político, la película cumple con creces su objetivo de rendir homenaje al poder de la imaginación como último refugio de la libertad pero deja una pregunta abierta sobre si la elegancia del musical es la mejor herramienta para retratar uno de los periodos más oscuros de la historia latinoamericana.

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