Reseña | Teatro | Queridisimo Truman
El teatro como homenaje: Queridísimo Truman y el deseo de permanecer.
Por Agustina Noriega
Queridísimo Truman, protagonizada por Gabriel Oliveri, dirigida por Florencia
Bendersky y con autoría de ambos, es una obra que se construye en el cruce
entre lo autobiográfico y lo biográfico para dialogar con la figura de Truman
Capote.
En escena, Oliveri no solo encarna al célebre escritor estadounidense, sino que
también se expone a sí mismo: admirador confeso, alguien que encuentra en
Capote un espejo posible para pensar el deseo, la diferencia y la
perseverancia.
La obra comienza de manera íntima y frontal. En el piano, Cristóbal Barcesat
recibe al público mientras Oliveri se presenta de cara a la platea para contar su
historia: la de un niño que crece en Concordia, Entre Ríos, con el sueño de ser
actor y que, en una tarde de verano sofocante, conoce a Truman Capote a
través de su literatura.
Ese gesto inicial marca el tono del espectáculo, sostenido sobre el relato
personal antes de internarse en la figura del escritor que lo impacta desde la
lectura de A sangre fría.
Es en ese punto donde la obra encuentra su mayor potencia: en el paralelismo
entre dos trayectorias vitales atravesadas por el desarraigo y la necesidad de
afirmarse siendo distintos. Oliveri asume con claridad un doble rol: con
pantalón y camisa es el narrador de sus propias vivencias; con tapado de piel y
sombrero, el intérprete de Truman Capote. Cuando ambas identidades se
entrelazan, el material cobra fuerza y sentido.
Acompañado por Barcesat y Sergio Grimblat —quienes se destacan
enormemente con un gran talento, por el universo musical que aportan al
espectáculo y que, además, interpretan diversos personajes del mundo
capotiano—, Oliveri recorre distintos momentos de la vida del escritor,
encuadrados en entrevistas televisivas. Así, la obra construye un retrato amplio
y realista de Capote: del niño solitario al escritor brillante, del amigo glamoroso
al adicto, del personaje fascinante al hombre caído. Los libros A sangre fría,
Desayuno en Tiffany’s y Plegarias atendidas funcionan como ejes narrativos
para abordar tanto la consagración como la caída del escritor.
La puesta es sobria y funcional, con tintes pop y momentos de fantasía. La
escenografía y los recursos audiovisuales de Gustavo Acevedo acompañan el
relato mediante proyecciones que ubican al espectador en el imaginario cultural
de Capote. La música ocupa un lugar central: aunque no se trata de un
musical, las canciones interpretadas aportan climas, ironía y emoción.
Oliveri se da el gusto de revivir a Capote en escena y lo hace con convicción.
Sin embargo, cuando la obra se vuelve una sucesión biográfica más lineal, el
ritmo decae y pierde tensión, dejando paso a una sensibilidad más quieta.
Hacia el final, Oliveri cierra con la reflexión de que la vida, en definitiva, se trata
de “atrapar vientos”: que todos somos humanos, con nuestras zonas luminosas
y oscuras; que todo es, en cierto punto, superfluo; pero que solo muere quien
se olvida, y que sigue vivo quien se recuerda y se homenajea, como ocurre
aquí con nuestro queridísimo Truman Capote.


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