Reseña | Cine | Terror en Silent Hill - Regreso al infierno
Por Mariana Parodi
Este jueves 22 de enero, el universo de Konami regresa a la pantalla grande con Terror en Silent Hill: Regreso al Infierno. El director Christophe Gans vuelve a la franquicia con una premisa clara: recrear la pesadilla de James Sunderland (Jeremy Irvine) en su búsqueda desesperada por Silent Hill.
Lo primero que salta a la vista es el impecable despliegue visual. Gans demuestra por qué es un maestro de la atmósfera: la estética está representada con una fidelidad asombrosa. Desde la densidad de la niebla hasta el diseño de las criaturas y la arquitectura derruida del pueblo, la película se siente como el videojuego cobrando vida. Cada plano está pensado para los fans, logrando esa atmósfera gótica y opresiva que convirtió a la saga en un icono del horror.
Sin embargo, no todo es estético. Donde la película empieza a tambalear es en su ejecución dramática. A pesar del esfuerzo de Jeremy Irvine y Hannah Emily Anderson, las actuaciones se sienten por momentos planas, sin alcanzar la profundidad emocional que un relato sobre el trauma y la culpa requiere.
El guion, por su parte, se queda a mitad de camino: Aunque los escenarios son perfectos, el libreto no logra conectar emocionalmente al espectador con el calvario interno de los personajes. La narrativa sacrifica el desarrollo de la tensión psicológica en favor de la exposición visual, dejando la sensación de que estamos ante una galería de imágenes bien orquestadas pero con poco alma.
Terror en Silent Hill: Regreso al Infierno es un triunfo en lo técnico y visual, una experiencia que vale la pena ver en pantalla grande solo por su diseño de producción. Pero, lamentablemente, falla en capturar la complejidad humana que hizo de la historia original una obra maestra. Es un regreso visualmente fascinante, pero narrativamente con gusto a poco.
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