Reseña | Teatro | Druk

 


Por Damián Faccini

La adaptación teatral de la película "Otra Ronda", se presenta como un desafío mayúsculo que el director asume con valentía y rigor. El traslado de la pantalla al escenario no se limita a una mera transposición narrativa, sino que se convierte en un ejercicio de síntesis y reinvención. La puesta en escena, minimalista y cuidadosamente concebida, logra que cada elemento cobre un peso simbólico: la economía de recursos se transforma en potencia expresiva, permitiendo que la atención se concentre en lo esencial, los cuerpos y las emociones.  

No obstante, resulta una pena que no se haya explorado con mayor profundidad el uso de recursos tecnológicos. La propuesta, que ya se destaca por su interacción con el público y su potencia actoral, podría haber alcanzado un nivel superior si hubiera incorporado aún mayor cantidad de herramientas audiovisuales o digitales que expandieran el universo escénico. Esa ausencia se siente como una oportunidad desaprovechada, especialmente tratándose de un material que dialoga con lo contemporáneo y que pide riesgo en su forma tanto como en su contenido.

El elenco, por su parte, ofrece actuaciones viscerales y entregadas, capaces de transmitir la tensión y el vértigo que atraviesan a los personajes. Hay una energía cruda que se despliega en cada gesto y palabra, un compromiso actoral que sostiene la obra y la dota de autenticidad.  
“Druk” hace “equilibrio” (nunca mejor dicho) entre elementos positivos y otros negativos, culpa del afán por agradar a todos los públicos, suavizando aristas que podrían haber dotado a la obra de mayor densidad y riesgo. Esa búsqueda de consenso, aunque comprensible en virtud de los tiempos que corren, le resta nivel y profundidad, dejando la sensación de que el material podría haber alcanzado una resonancia más contundente si se hubiera permitido incomodar y confrontar.  


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