Reseña | Cine | Marty Supremo


Por Nahuel Tesouro

Es difícil hacer una reseña de Marty Supreme sin spoilearla ya que se trata de uno de esos films en los cuales la estructura misma del relato es una sorpresa. Sin embargo, también se puede argumentar que todo quien conozca más o menos la filmografía de Josh Safdie sabrá que él no haría una biopic de un jugador de ping pong de 2 horas y media y listo. Y es que Marty Supreme está diseñada para hacerle creer al espectador desprevenido que está por ver otra historia motivacional de una persona de bajos recursos que aspira a mucho más, a ser un atleta reconocido, y lo logra gracias a la vigencia del sueño americano.  Los primeros 30 minutos del film se desarrollan exactamente así. No digo que por eso sean malos, disfruto de películas de ese estilo de vez en cuando; pero el giro que le da Safdie a la historia transforma esos 30 minutos de muy buenos a brillantes.

Luego de ese comienzo, lo que sigue es una deconstrucción absoluta de ese estilo de historia. Tenemos más de una hora de Josh Safdie siendo Josh Safdie, con un soundtrack envolvente, una fotografía del maestro Darius Khondji y una dirección que no da respiro ni por un segundo en un estilo idéntico al de Uncut Gems. Hay un dinamismo, una rapidez de los diálogos y una sensación de urgencia constante que ya se volvió prácticamente en el sello autoral de este director.

Dicho todo esto, hay ping pong igualmente. Y mucho. Con escenas fascinantes. Pero lo que realmente separa esta película de otras de deportes, y lo que a la vez tiñe esos duelos de ping pong o tennis de mesa de un dramatismo insoportable, es el contexto y toda la locura absoluta por la que pasa el protagonista entre los primeros 30 minutos y los últimos 30.

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