Cine | Festival de Cine Alemán | Reseña de El hombre que se desvanece

Dirección: Welf Reinhart. Guion: Tünde Sautier, Welf Reinhart Fotografía: Micky Graeter. Montaje: Ulrike Tortora, Welf ReinhartMúsica: Pablo Jókay. Producción: Philipp Maron, Tristan Bähre, Louis Merki. Productoras: Maverick Film, Bayerischer Rundfunk, Merki und Reinhart Film. Elenco: Dagmar Manzel, August Zirner, Harald Krassnitzer. País: Alemania. Año: 2026. Duración: 102 minutos. Género: Drama / Comedia dramática




por Nadia Yannuzzi



Hanne abre la puerta de su casa y se encuentra con Kurt, su exmarido, de quien está separada desde hace más de 30 años. Él entra como si nada, como si solo hubiera salido a buscar el correo. Unos minutos después descubrimos que tiene Alzheimer.

Bernd, el actual marido de Hanne y pastor religioso jubilado, intenta que ella entre en razón y se muestre más compasiva. Pero Hanne solo quiere que Kurt se vaya. Su respuesta es visceral: no quiere ni puede hacerse cargo de él. Sin embargo, la complejidad del sistema de salud alemán hace que las cosas tomen otro rumbo y que aquello que parecía un problema ajeno termine irrumpiendo de lleno en su vida.

El hombre que se desvanece es una película hermosa, y buena parte de esa belleza está en cómo construye visualmente el mundo en el que transcurre. El montaje intercala escenas de interiores asfixiantes con tomas del campo, pero no de una campiña frondosa y exuberante, sino de una intemperie cruda, atravesada por inviernos duros. Paisajes cubiertos de niebla que funcionan, también, como metáfora de la mente confundida de Kurt, donde los recuerdos aparecen y desaparecen. 

Hay, además, pequeños recursos narrativos que van anticipando la pérdida de control de Hanne. En la primera escena le están sacando el yeso de una de sus manos, mientras una médica muy joven le explica que ya no tendrá el mismo agarre ni la misma fuerza que antes. Unas horas después, sucede algo que se escapa por completo de su control. La película parece decirnos, desde el comienzo, que el cuerpo y la vida pueden dejar de responder a nuestra voluntad mucho antes de que estemos preparados para aceptarlo.



Esto nos lleva también a pensar en la fortaleza del guion, que propone un retrato mucho más aggiornado de la llamada generación silver. Nada de señoras que toman el té mirando la televisión. Hanne y Bernd, próximos a los 70, son más activos, laboral y sexualmente, que se aleja de los estereotipos de adultos mayores en el cine. El vestuario de Dagmar Manzel, que a los 68 años está espléndida, despierta la envidia de más de una estudiante universitaria.

También es interesante ver a nuestros personajes preferidos ya grandes. El cine tiene una larga tradición de volver sobre personajes del pasado para preguntarse qué fue de ellos. Pienso, por ejemplo, en Belle toujours, de 2006, cuando Manoel de Oliveira imaginó un reencuentro entre los protagonistas de Belle de jour, de Buñuel. O en Claude Lelouch, que en 2019 filmó el final de Un hombre y una mujer, su película de 1966. 

En esa misma tradición puede leerse una de las escenas más maravillosas de esta película: el homenaje a Banda aparte, de Godard, y, por lo tanto, también a Los soñadores de Bertolucci. Me gusta imaginar que estos personajes podrían ser unos Franz, Arthur y Odile ya mayores.

Este es el debut de Welf Reinhart, presentado en el Festival de Rotterdam de este año. Pero El hombre que se desvanece no es una película sobre la decrepitud ni sobre la enfermedad, aunque ambas estén presentes. Es, ante todo, una película sobre el amor: sobre cuánto tiempo puede llevarnos perdonar a alguien que amamos pero que también nos lastimó; sobre aquello que creemos haber dejado atrás y vuelve a aparecer cuando menos lo esperamos; y, finalmente, sobre las extrañas vueltas que puede dar la vida.


 

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