Cine | Festival de Cine Alemán | Reseña de Ay, ese vacío, ese espantoso vacío

Título Original: Ach, diese Lücke, diese entsetzliche Lücke
Dirección: Simon Verhoeven
Guion: Simon Verhoeven, basado en la novela autobiográfica homónima de Joachim Meyerhoff
Elenco: Bruno Alexander, Senta Berger, Michael Wittenborn, Laura Tonke, Devid Striesow, Anne Ratte-Polle, Katharina Stark, Moritz von Treuenfels, Johann von Bülow y Karoline Herfurth
Fotografía: Jo Heim
Música: Segun Akinola
Montaje: Denis Bachter y Felix Schmerbeck
País: Alemania
Año: 2026
Duración: 137 minutos
Género: comedia dramática
 
por Nadia Yannuzzi


A veces suceden sincronías interesantes. La misma semana en que se produce el furor por el trend de los ‘80 en redes sociales, llega a Buenos Aires esta película, ambientada en esa misma década y con unos looks que ni la inteligencia artificial se animaría a llevar tan lejos.

Es 1989. Joachim tiene 18 años cuando uno de sus hermanos muere en un trágico accidente, al ritmo de Tainted Love, de Soft Cell. Lógicamente, la familia entera queda devastada. Él decide irse de su pueblo e instalarse en Múnich para estudiar teatro en la prestigiosa escuela Otto Falckenberg, que solo acepta diez nuevos estudiantes por año. Contra todo pronóstico y sin entrenamiento actoral previo, logra ingresar. 

Allí se va a vivir con sus abuelos, que tienen una casona increíble y una rutina diaria bastante peculiar. El argumento se desarrolla entre los recuerdos de la infancia, el día a día con ellos y los desafíos de la escuela de arte dramático.

La película se basa en la vida del actor y director teatral Joachim Meyerhoff. Es decir que los abuelos en cuestión, que desayunan con champagne y escuchan música acostados en el piso del living, eran la actriz Inge Birkmann y el filósofo Hermann Krings. 



Esto resulta particularmente gracioso porque la película está dirigida por Simon Verhoeven, a quien hoy definiríamos como un nepobaby -bah, neposeñor, ya tiene 54 años- sobre otro nepobaby, o, para ser más precisos, neponieto. Verhoeven dirigió nueve películas, que podríamos categorizar como “comerciales” y es hijo de la actriz Senta Berger -quien interpreta a Inge- y del director Michael Verhoeven y, por propiedad transitiva, es nieto del también director Paul Verhoeven -no confundirlo con el cineasta neerlandés de Robocop y Bajos Instintos-.

La película es entretenida y graciosa, con un elenco soberbio, con Berger a la cabeza y un vestuario impresionante (el equipo deportivo de plush rosa, Dios santo). Tengamos en cuenta, además, que buena parte del elenco principal está compuesto por jóvenes estudiantes de teatro y, sin embargo, no hay sobreactuaciones histriónicas. El problema aparece, en todo caso, en otro lado: el tono del guion es muy estadounidense. Joachim entra a una escuela selecta sin inconvenientes, no sigue las clases, no le importa demasiado lo que le dicen sus mentores y se resiste a atravesar la incomodidad de exponerse. Por momentos, esto nos hace apretar la mandíbula de cansancio. ¿Qué esperaba el introvertido de una escuela de teatro? 

Por otro lado, lo razonable sería que lo expulsaran. Pero no: las autoridades se limitan a algún reproche y a recordarle el lugar de excelencia que ocupa la institución. Llegado cierto punto, se rapa el cabello, se viste de reina y, como era de esperar, todo termina de una manera bastante predecible.

Pero hay algo que permanece por debajo de todas esas decisiones más obvias: el vacío. Ese vacío espantoso que deja alguien cuando muere y que no desaparece porque volvamos a estudiar, nos mudemos, nos enamoremos o encontremos una vocación. La película parece decir que el arte puede ser una forma de atravesarlo, aunque quizás su hallazgo más bello esté en otro lugar: en cómo el duelo sobrevive en los pequeños objetos y gestos de quienes ya no están. El pulóver de un hermano, las notas en un libro que dejó el  abuelo, el perfume de la abuela. Cosas insignificantes hasta que dejan de serlo. Y ese montón de pequeñas cosas que, de golpe, pesan muchísimo más de lo que deberían.


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