Teatro | Reseña de La Lluvia de Fuego


por Agustina Noriega

Escrita por Silvina Ocampo junto a Juan José Hernández durante la década del cincuenta, La lluvia de fuego permaneció inédita durante años, hasta que Adolfo Bioy Casares le acercó el manuscrito a Marilú Marini. La actriz interpretó entonces a Adelaida y, casi treinta años después, vuelve a encontrarse con la obra desde otro lugar: asume la dirección y deja aquel personaje en manos de Valeria Lois.

Valeria Lois y Carolina Saade bailan con una elegancia casi cinematográfica en el interior de una antigua casa repleta de plantas. Hay algo bello y extraño en esa primera imagen: una iluminación delicada, música, cuerpos que se desplazan como si conocieran perfectamente las reglas de ese mundo. Todavía no sabemos demasiado sobre esas dos mujeres ni sobre esa casa. Quizás tampoco lleguemos a saberlo del todo.

Adelaida es una mujer adinerada, artista, excéntrica y sensual que habita junto a su criada, Predefinda, en una casa tan desbordada de vegetación como de fantasías. Cuando llega la noticia de que su marido podría haberla abandonado por otra mujer, algo comienza a alterarse. Aparecen hombres, sospechas, deseos y algunas ideas bastante peligrosas. Lo que parece una comedia doméstica empieza, lentamente, a convertirse en otra cosa.

Ocampo y Hernández toman elementos del melodrama y la comedia de enredos para construir un universo donde las certezas duran poco. Aquello que parecía verdadero puede dejar de serlo unos minutos después, mientras lo absurdo aparece con absoluta naturalidad. Frente al matrimonio, las diferencias de clase y las buenas costumbres, los personajes encuentran cierto placer en desordenar lo establecido.

Adelaida ocupa el centro de ese universo. Un marido ausente, un abogado enamorado y un verdulero circulan a su alrededor, mientras el deseo cambia de dirección con la misma facilidad que la propia trama. A medida que todo se vuelve más disparatado, también se desarman los límites del espacio: los personajes aparecen desde abajo del escenario, atraviesan los pasillos y emergen entre los espectadores. La ficción termina desbordando la escena y encuentra en ese movimiento buena parte de su humor.



Para sostener semejante artificio se necesita un elenco dispuesto a jugar. Valeria Lois lo hace desde el primer minuto. Hay algo en su rostro que parece contener todas las posibilidades del arte dramático: una mirada, una postura o un gesto alcanzan para llevar a Adelaida de la sofisticación al ridículo, del deseo a la indignación. Su enorme expresividad la convierte en el corazón de la obra.

Carolina Saade encuentra en Predefinda un contrapunto perfecto. Observa y acompaña el desborde de su patrona hasta ocupar un lugar cada vez más inesperado. Su trabajo corporal y cómico se completa con momentos en los que su hermosa voz introduce otra textura en escena. Agustín Rittano, Damián Mai y Mercedes Beno Mendizábal completan un elenco que entiende que acá el exceso no es un accidente: es parte del lenguaje.

La puesta termina de construir ese universo. La escenografía y el vestuario de Oria Puppo convierten la antigua casa, tomada por plantas, en un espacio entre salón burgués y jardín fantástico. La elegante iluminación de Sol Lopatín junto con la música y el diseño sonoro de Diego Vainer, refuerzan su carácter cinematográfico, mientras la coreografía de Manuel Attwell acompaña un mundo donde los cuerpos también parecen escapar de cualquier formalidad.

Quizás la pieza teatral funcione mejor cuando se abandona la necesidad de comprenderlo todo y uno acepta entrar en su juego. Porque detrás de los hombres que entran y salen, de los deseos, las risas, los secretos y aquello que es mejor no revelar, algo va creciendo entre Adelaida y Predefinda.

Tal vez, después de todo, La lluvia de fuego sea simplemente la historia de dos mujeres que bailan dentro de una casa. Una casa llena de plantas, hombres, fantasías y peligros. Dos mujeres que, mientras todo a su alrededor cambia de forma, encuentran una manera propia de seguir bailando. 

La lluvia de fuego se presenta de mie a sab a las 20.30hs y los domingos a las 19.30 hs en la sala Casacuberta del Teatro San Martín (Corrientes 1530).

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Ficha:

Dramaturgia: Silvina Ocampo y Juan José Hernández

Dirección: Marilú Marini

Elenco: Valeria Lois, Carolina Saade, Agustín Rittano, Damián Mai y Mercedes Beno Mendizábal

Diseño de escenografía y vestuario: Oria Puppo

Diseño de iluminación: Sol Lopatín

Música y diseño sonoro: Diego Vainer

Coreografía: Manuel Attwell

Colaboración artística: Eugenio Schcolnicov


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