Reseña | Cine | Lo que escribimos juntos


 



Por Valeria Riso
Dirigida por el joven Nicolás Teté, en su quinto largometraje, oriundo de Villa Mercedes, San Luis (lugar elegido recurrentemente por Nicolás para rodar, promoviendo el trabajo en el interior de equipo técnico y extras). Si bien ya ha trabajado en la temática LGBTQ+ en “Todos tenemos un muerto en el placard o un hijo en el closet”, dónde el centro del conflicto gira entorno a la homosexualidad, en su quinta entrega “Lo que escribimos juntos” el foco se desplaza hacia otro plano.
Esta película retrata el fragmento en la historia de amor de Juan y Mariano, una pareja ya consolidada. Ambos deciden cambiar sus vidas para irse a vivir al campo y salir del barullo que es Buenos aires, buscando mejorar la calidad de vida. Juan, escritor y Mariano, quien abandona su carrera de diseñador para dedicarse a su vivero, se enfrentan juntos a un proceso de adaptación, incluso para su perro, que también debe habituarse al cambio.
Ezequiel Martínez y Santiago Magariños encarnan a Juan y Mariano con una entrega conmovedora. Nos transmiten la pasión, el amor y las inseguridades propias de cualquier relación. De manera deliciosa, cada gesto nos deja en claro que le pasa a cada uno de ellos.
Entre mudanza y cajas reciben un fin de semana a la mejor amiga de Juan (representada por Nazarena Rozas) que les trae una noticia, muchas incomodidades que derivan en reclamos insospechados, y funcionando como un puente entre ellos. Con una actuación brillante, su papel incomoda no sólo a uno de los protagonistas sino al espectador.
El cambio de vida hace aflorar sentimientos que estaban escondidos bajo las palabras de un próximo libro, una posible crisis existencial, que pone sobre la mesa un posible conflicto que durante toda la película nos tiene atrapados esperando el peor desenlace.
Esa tensión constante nos lleva a entender que la vida no es un hecho aislado sino un recorrido lleno de altibajos, y cada uno es quien define como escribe su final.
Filmada en una casona de Villa Mercedes, San Luis, el lugar envuelve este romance de manera que no hay escapatoria al silencio y la tranquilidad del campo, que a veces parece asfixiante, el sonido ambiente es un protagonista más de ese encierro. La dirección de arte está perfectamente montada en esta nueva vivienda que transicionan los protagonistas de un departamento de ciudad a espacios que son difíciles de llenar.
La fusión del guión y sus protagonistas se llevan los laureles en esta trama de una pareja homosexual, mostrando la vida cotidiana, lejos de caer en clichés, donde el conflicto nos atraviesa a todos.
La cortina musical “El centro de mi mundo” de Ignacio Herbojo, musicaliza con sensibilidad este relato de amor, que nos transporta a todas las emociones que atraviesan Juan y Mariano. La película nos interpela como sociedad a preguntarnos cuánto todavía juzgamos las relaciones homosexuales como si fueran distintas a cualquier otra historia de amor y creer que el estereotipo que une a una familia heterosexual son los hijos, como si fuese esta la única forma legítima de conexión en el amor.




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