Cine | Reseña de El tren fluvial
Año:2026. País: Argentina. Dirección y guion: Lorenzo Ferro y Lucas A. Vignale. Elenco: Milo Barría, Lucrecia Pazos, Mailén Barría, Mariano Barría, Rita Pauls, Fabián Casas, Pehuén Pedre, Diego Puente. Fotografía: Thomas Grinberg. Montaje: Andrés Medina y Lucas A. Vignale. Música: Oniria. Duración: 75 minutos. Distribuidora: LAT-E Films
por Agustina Noriega
“El tren fluvial”, ópera prima de Lorenzo Ferro y Lucas A. Vignale, parte de una premisa sencilla para explorar una experiencia tan universal como íntima: el deseo de encontrar un lugar propio.
Milo tiene nueve años y vive con su familia en el campo. Sus días transcurren entre los entrenamientos de malambo, las exigencias de su padre y una rutina que parece haber sido decidida por otros. Su padre le enseña que no hay que pensar, sino accionar. No hay demasiado lugar para las preguntas, las conversaciones ni los gestos de afecto por parte de su familia. A Milo se le exige como a un adulto, aunque todavía sea un niño.
Pero él quiere otra cosa: sueña con subirse a un tren y llegar a la gran ciudad. Entonces, elabora un plan para escapar de su familia y aventurarse hacia un territorio desconocido.
El viaje se convierte en algo más que un desplazamiento geográfico. Irse también significa desafiar la autoridad y descubrir un mundo donde las reglas son otras. En el camino, Milo roba, conoce a unos compañeros de cuarto que le hablan de la posibilidad de participar en una obra de teatro, realiza una extraña audición y se mete en una propiedad privada.
Atrás queda el campo, con sus molinos, sus zorzales y sus chicharras, un universo donde los sonidos de la naturaleza marcan el ritmo de los días. Del otro lado aparece una ciudad inmensa y ruidosa, que promete posibilidades, pero también lo enfrenta a la frustración, la indiferencia y cierta sordidez. El contraste es evidente, Milo pasa de un mundo donde todo está controlado a otro donde debe aprender a valerse por sí mismo.
La película encuentra uno de sus mayores aciertos en la manera de construir esa experiencia. El montaje es extraordinario, cargado de simbolismos y con tintes teatrales que, por momentos, desdibujan los límites entre la realidad y la fantasía. Hay algo irónico, absurdo y poético en la forma en que se suceden las situaciones, sin perder nunca cierta cercanía con su protagonista.
También hay algo atemporal en la propuesta. Los trenes, los paisajes, los momentos recitados, las elecciones musicales y el ritmo narrativo construyen un universo que parece existir por fuera de una época determinada. Ferro y Vignale se alejan de una narración convencional y apuestan por una sensibilidad particular, donde las imágenes, los sonidos y los silencios tienen tanto peso como las palabras.
Por otro lado, tambien es una película incomoda, ya que juega con situaciones límite y una incertidumbre constante que nos obliga a preguntarnos más de una vezq qué va a hacer Milo, adónde va a ir y qué espera encontrar. ¿Hay realmente un plan o estamos acompañando a un niño de nueve años que improvisa mientras intenta abrirse camino en un mundo que todavía no comprende?
Interpretado por Milo Barria, el protagonista es inocente y travieso a la vez, ingenuo por momentos, pero también atrevido. Se equivoca, se arriesga, descubre y también se desilusiona. La presencia de actores no profesionales, entre ellos los integrantes de su propia familia, aporta una naturalidad que convive con el carácter más experimental de la película.
Resulta interesante el contraste entre el malambo, una danza ligada a la tradición, la disciplina y las raíces, y el tren, que aparece como símbolo del movimiento y la posibilidad de escapar. Mientras uno representa aquello que Milo debe aprender y repetir, el otro encarna todo lo que todavía desconoce.
En su debut como directores, Ferro y Vignale construyen una película que se permite experimentar con las formas, el humor y el absurdo, sin abandonar la sensibilidad de su historia.
Y hay una ironía que atraviesa todo el relato: el padre, que le enseña a Milo a no pensar, sino a accionar, termina proporcionándole, sin quererlo, la herramienta para escapar de él. El niño toma esa enseñanza al pie de la letra y la convierte en su primer gran acto de desobediencia.
En ese gesto se concentra buena parte de la inteligencia de “El tren fluvial”: la misma lógica que busca disciplinar a Milo termina impulsando su rebelión. La película no idealiza la libertad ni presenta la independencia como una conquista exenta de contradicciones. Por el contrario, encuentra en el recorrido de su protagonista una paradoja: escapar de la autoridad no significa necesariamente saber qué hacer con la propia autonomía. Y quizás sea precisamente ahí, entre la obediencia aprendida y la incertidumbre de decidir por cuenta propia, donde comienza a construirse una identidad.
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