Teatro | Reseña de La fragilidad de las casas
¿Qué queda de nosotros en los lugares donde vivimos y qué queda de esos lugares en nosotros? Esa parece ser una de las preguntas que atraviesa La fragilidad de las casas, una obra que combina humor y emoción para hablar de memoria, vínculos y fragilidades profundamente humanas.
La propuesta, escrita y dirigida por Victoria Almeida, toma como punto de partida la vida de Casandra y las distintas casas que habitó a lo largo de los años. Pero, lejos de hablar solamente de mudanzas o espacios físicos, la obra utiliza esas casas como una puerta de entrada a los vínculos, a las decisiones que nos marcaron y a las diferentes versiones de nosotros mismos que fuimos construyendo en cada etapa de la vida.
Lo primero que sorprende es su capacidad para hacer reír. Mucho. Con un humor inteligente, absurdo por momentos y muy reconocible en otros, la obra encuentra permanentemente la manera de conectar con el público.
Sin embargo, debajo de esas situaciones desopilantes aparecen preguntas bastante más incómodas: cuánto estamos dispuestos a tolerar para sentirnos queridos, qué hacemos con las heridas que dejan ciertos amores y de qué manera los recuerdos siguen habitando los lugares que alguna vez llamamos “hogar”.
La puesta es creativa y dinámica. La música en vivo, las proyecciones, los recursos físicos y un elenco que se transforma constantemente construyen un universo que acompaña el viaje emocional de la protagonista. Todo parece moverse al mismo ritmo que la memoria: de forma caótica, impredecible y humana.
Guadalupe Docampo encuentra en Casandra un personaje vulnerable y, sobre todo, muy real. Es imposible no empatizar con sus contradicciones. A su alrededor, el resto del elenco compone una galería de personajes que aparecen y desaparecen como esos recuerdos que vuelven cuando uno menos se los espera.
Lo que más me gustó de La fragilidad de las casas fue justamente ese equilibrio entre ligereza y profundidad. La obra nunca intenta dar respuestas ni busca darle una lección al espectador. Prefiere compartir una experiencia, abrir preguntas y confiar en que cada uno encontrará algo propio dentro de la historia. Y quizás por eso resulta tan cercana.
Al finalizar, uno se queda con la sensación de haber recorrido junto a Casandra una serie de habitaciones emocionales que también podrían ser las nuestras. Porque las casas se rompen, los vínculos cambian y las personas se transforman. Pero algo de todo eso permanece en nosotros.
Entre la risa y la emoción, la obra logra recordarlo con una sensibilidad simple y efectiva. Y ahí está, probablemente, su mayor virtud.
Ficha Técnica
Dramaturgia: Victoria Almeida
Actúan: Guadalupe Docampo, Facundo Mejías, Julián Rodriguez Rona, Irene Vivanco
Vestuario: Antonela Fucenecco
Música original: Julián Rodriguez Rona
Diseño de iluminación: Jorge Pastorino
Diseño de sonido: Leonardo Checchia
Realización de escenografía: Martin Ganem
Rigger acrobacia: Daniel Licandro
Fotografía: Pablo Ponzinibbio
Diseño gráfico: Patricio Vegezzi
Asistencia de dirección y producción: Pablo Ponzinibbio
Prensa: Mutuverría PR
Producción general: Marcelo Melingo, Horacio David
Dirección: Victoria Almeida
Duración: 70 minutos
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