Cine | Reseña de A cualquier precio

Título original: By Any Means. Año: 2026. País: EEUU. Dirección: Elegance Bratton. Guion: Sascha Penn. Elenco: Yahya Abdul-Mateen II, Mark Wahlberg, Nicole Beharie, Josh Lucas, David Strathairn, Giancarlo Esposito. Fotografía: Ante Cheng. Montaje: Kristan Sprague. Música: Terence Blanchard. Duración: 107 minutos. Distribuidora: Diamond Films

 



por Nadia Yannuzzi




Mississippi, 1966. Wayn Strider, un agente afroamericano del FBI, vuelve a su ciudad natal, en el sur profundo de Estados Unidos. Todo parece conducirlo a un descenso al infierno burocrático: el supremacismo blanco ha sido abolido legalmente, pero no en la idiosincrasia de buena parte de la sociedad. La situación cambia cuando un activista por el sufragio afroamericano es asesinado por el Ku Klux Klan (KKK).

Es el año en que el gobierno de Lyndon B. Johnson aprueba la ley que garantiza el derecho al voto de los afroamericanos en todo el país. El crimen es entendido como un desafío a la autoridad federal y, por lo tanto, no puede quedar impune. Pero el FBI sabe que nadie va a cooperar con ellos: el miedo al KKK es más fuerte. Hay que recurrir, entonces, a métodos poco ortodoxos. Ahí entra a escena Greg Scarpa, un mafioso que ya ha colaborado con la agencia.

A cualquier precio es una buena película policial y de acción. Las escenas de acción están muy bien logradas y, por momentos, el uso de las armas parece sacado de un videojuego. Quizás sea justamente una forma de transmitir la banalización de la violencia en un entorno que vive sumido en ella. La violencia está ahí, es palpable: cualquiera puede sacar un arma en cualquier momento y nadie confía en nadie.

El guion presenta muy bien el conflicto entre lo institucional y lo que sucede en la realidad, entre lo que dice la ley y lo que hay que hacer para cumplirla, y entre la legalidad y la ilegalidad. Me resultó especialmente interesante que los diálogos estén cargados de slang y de referencias a personajes que no necesariamente son conocidos para el espectador. Es algo que celebro porque le da a la película un efecto de realidad: uno sale del cine pensando “¿quién será Joe Colombo? ¿Y Jackie Robinson?”. 



Las películas se han vuelto cada vez más autoexplicativas y muchas veces parecen incapaces de reproducir las formas de hablar de las épocas que retratan -como Telémaco en La Odisea diciendo “mamá y papá” en el siglo XIII antes de Cristo-. Acá no: hablan como hablarían esas personas y usan la N-word sin miedo. 

La dupla formada por el agente legalista y el mafioso violento, interpretados por Yahya Abdul-Mateen II y Mark Wahlberg, funciona muy bien. La caracterización de Wahlberg está lograda. Las prótesis en el rostro no tienen precisamente un buen historial en el cine, pero acá funcionan. También resulta interesante la vuelta de tuerca de un actor cuya propia historia incluye episodios de violencia racial y que aquí interpreta a un mafioso justiciero y antirracista. No sabemos si Scarpa actúa por convicción o por dinero, pero podemos concederle al personaje el beneficio de la duda.

Mi personaje preferido es Allison, interpretada por Nicole Beharie. Es la esposa de Strider y tiene un vestuario increíble, pero, además, su personaje va transformándose a medida que avanza la historia. Ella empieza como una esposa tradicional que solo espera tener hijos y deviene en activista. Y quizás ahí esté una de las claves de la película: en un contexto en el que la ley acaba de cambiar, transformar la realidad resulta bastante más difícil, pero hay que tomar cartas en el asunto. 


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